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Aunque puedan resultar predecibles, también aportan una sensación de familiaridad y confort
Mujer y hombre viendo una película
Foto: Cortesía
Las películas románticas nos han regalado incontables historias de amor a lo largo de la historia del cine. Sin embargo, muchas de ellas repiten las mismas fórmulas narrativas una y otra vez. Estos recursos, conocidos popularmente como clichés, hacen que el público reconozca al instante hacia dónde se dirige la trama.
Aunque puedan resultar predecibles, también aportan una sensación de familiaridad y confort. No es extraño que incluso en películas familiares aparezcan tropos románticos similares. A continuación, repasamos los clichés románticos más comunes en el cine.
El amor a primera vista es uno de los clichés más antiguos y reconocibles del cine romántico. En muchas películas románticas clásicas, basta una mirada entre dos desconocidos para que surja una conexión instantánea e inexplicable.
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Incontables películas recurren a este encuentro mágico donde hay dos extraños que chocan accidentalmente, se miran y al instante están destinados a enamorarse. Si bien resulta enternecedor, es un recurso poco realista, dado que en la vida real el amor suele construirse con tiempo y conocimiento mutuo, no con un simple cruce de miradas. A pesar de ello, el público sigue disfrutando de esa chispa inmediata en pantalla, pues representa la idea del destino uniendo a dos almas gemelas.
Otra situación recurrente es la de dos personajes que comienzan detestándose y terminan enamorados. Inicialmente, los protagonistas no se soportan, ya sea por diferencias de personalidad, competencia laboral o simples prejuicios, pero con el correr de la historia esa antipatía se transforma en pasión.
Es un recurso frecuente en comedias románticas, donde queda en evidencia que bajo el odio aparente había una atracción latente. El público disfruta viendo cómo los personajes superan sus prejuicios iniciales y se rinden ante el amor, aunque fuera de la ficción es raro que un enemigo acérrimo se vuelva nuestra pareja ideal. Aun así, este recurso sigue siendo popular porque genera un arco dramático claro y se pasa del conflicto al romance, ofreciendo tanto momentos cómicos al inicio como escenas emotivas en la reconciliación final.
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El triángulo amoroso es un recurso clásico para introducir tensión y dilemas en una historia de amor. En esta situación, uno de los protagonistas (o ambos) debe elegir entre dos intereses románticos. El público suele identificar desde el inicio cuál es la opción correcta y cuál la equivocada, aunque el personaje tarde en aceptarlo. Es común que uno de los involucrados, un novio o prometido actual, quede como el tercero en discordia.
A diferencia de las películas familiares, donde los romances tienden a ser más simples, las románticas añaden este tipo de conflicto dramático para mantener la intriga. Este cliché puede volverse predecible cuando el otro pretendiente resulta claramente incompatible o antipático, dejando en evidencia con quién debería quedarse. Aun así, los triángulos amorosos mantienen al espectador intrigado hasta el final.
Muchas historias románticas modernas inician con dos personajes que acuerdan una relación sin compromisos, solo para terminar enamorándose contra todo pronóstico. Los protagonistas se unen para divertirse o hacerse compañía sin involucrar sentimientos profundos, compartiendo una visión cínica del amor y reacios a cualquier atadura emocional.
Al principio todo marcha bien, pero conforme pasan más tiempo juntos surgen los celos y afloran sentimientos genuinos. El mensaje implícito tras este cliché es que nadie escapa a enamorarse cuando aparece la persona indicada.
El recurso de la transformación física o de estilo es otro cliché muy extendido en las historias románticas. A menudo, uno de los protagonistas (quizá la chica tímida o el amigo raro) pasa por un cambio radical de aparienci con un nuevo look de pies a cabeza que incluye ropa más elegante y una actitud más segura. De pronto, su interés amoroso lo ve con otros ojos, como si fuera una persona completamente distinta y ahora sí digna de ser amada.
Este cliché refuerza la idea superficial de que el físico lo es todo para conquistar el corazón de alguien. Si bien es divertido presenciar la metamorfosis y cómo el personaje gana confianza, en la vida real el amor auténtico no debería depender de un cambio de imagen. Aun así, la escena del antes y después con música de fondo sigue siendo infaltable en muchas comedias románticas juveniles.
Un argumento muy utilizado es el de la pareja que finge una relación amorosa por conveniencia, solo para acabar enamorándose de verdad. Aquí, dos personajes deciden actuar como novios ante los demás por alguna razón externa, tal vez para dar celos a un ex, cumplir expectativas familiares o lograr algún beneficio mutuo. Al inicio, ambos insisten en que todo es solo actuar y que entre ellos no hay sentimientos reales. Sin embargo, a medida que pasan tiempo juntos fingiendo ser pareja, la línea entre la actuación y la realidad comienza a difuminarse. En algún punto deben darse un beso “de mentira” y terminan sintiendo algo de verdad. Al final, por supuesto, descubren que el cariño simulado se ha vuelto genuino. Este cliché es popular porque genera malentendidos divertidos y brinda la satisfacción de ver cómo una farsa inicial se transforma en amor verdadero.
En el clímax de la historia, es común que uno de los enamorados realice un gran gesto público para declarar o recuperar su amor. Cuando todo parece perdido por un malentendido o por miedo a confesar lo que siente, el protagonista finalmente reúne valor y lleva a cabo una acción dramática como prueba de sus sentimientos. Por ejemplo, corre al aeropuerto en el último minuto antes de que su amada aborde un avión, o irrumpe en una boda para impedirla y declarar su amor. Estas escenas culminantes, aunque exageradas, emocionan al espectador y se han vuelto icónicas del género.
El gran gesto romántico simboliza la idea de luchar hasta el final por el amor verdadero, sin importar los obstáculos o la vergüenza. Fuera de la ficción, pocas veces alguien tiene la oportunidad (o la valentía) de montar una declaración tan espectacular, pero en el mundo del cine esperamos con ansias ese momento culminante.
Por último, el cierre obligado de una película romántica suele ser el final feliz de la pareja protagonista. Tras tantos obstáculos y malentendidos, los enamorados terminan juntos y felices. Sea con un último beso, una boda o al menos la promesa de un futuro compartido, el desenlace tiende a ser optimista y deja al público con una sensación cálida. Este recurso es tan común que el espectador da por hecho que en el cine romántico convencional habrá reconciliación y amor eterno. Algunos dramas amorosos se atreven a romper este molde con desenlaces trágicos o agridulces, pero son la minoría. La mayoría opta por regalarnos el clásico “y vivieron felices para siempre”, que aunque predecible deja contentos a los románticos empedernidos. Después de todo, parte del encanto de estas historias está en ofrecernos esperanza y escapismo y al salir del cine queremos creer que el amor verdadero siempre triunfa.
En definitiva, estos clichés persisten porque son el corazón mismo del género romántico. Sabemos de antemano cómo terminará la historia, y esos lugares comunes pueden hacernos rodar los ojos por su previsibilidad, pero al mismo tiempo nos reconfortan como un cuento conocido que no nos cansamos de escuchar. De vez en cuando algún cineasta intenta subvertir estas fórmulas para sorprendernos, pero el público siempre tendrá un lugar especial en su corazón para esas historias de amor de siempre, con todos sus momentos cursis, improbables y entrañables. (DFD)