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Mujeres se unen a los engrillados de Atlixco: fe, cadenas y espinas

Mujeres se suman a los engrillados de Atlixco cargando cadenas y espinas en el Viacrucis de Viernes Santo como acto de fe

Mujeres se unen a los engrillados de Atlixco: fe, cadenas y espinas

Mujeres engrilladas

Foto: Cortesía

Ya no son solo hombres. Ahora, cuerpos femeninos también se ciñen grilletes, espinas y penitencia.

Durante el Viacrucis de Viernes Santo, al menos una decena de mujeres participa en esta práctica de fe extrema: caminan varios kilómetros con cadenas enrolladas al torso, coronas de espinas incrustadas en la piel y, en algunos casos, sin ingerir agua como parte del ritual.

No es espectáculo. Tampoco tradición abierta. Es promesa.

Una fe que pesa… literalmente

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El sonido metálico de las cadenas arrastrándose marca el ritmo de una procesión que avanza en silencio. Cada paso carga no solo hierro —que puede superar los veinte kilos— sino también culpas, agradecimientos o peticiones personales.

Las espinas, recolectadas en cerros cercanos o incluso cultivadas por las propias participantes, se incrustan en brazos, piernas y espalda como símbolo del sufrimiento de Cristo.

Algunas lo hacen por fe. Otras por deuda espiritual. Pero todas bajo una misma lógica: el dolor como lenguaje.

De lo clandestino a lo permitido

Históricamente, esta práctica fue exclusiva de hombres. La figura del "engrillado" —con más de un siglo de antigüedad— estaba asociada a penitentes masculinos que se autoflagelaban en público como acto de expiación.

La inclusión de mujeres no fue espontánea. Llegó tras la insistencia de fieles y la autorización eclesiástica en ciertas comunidades, abriendo una grieta en una tradición rígida.

Hoy, esa grieta se convierte en presencia.

Aunque para quienes participan se trata de una promesa íntima —no turística ni performativa—, la práctica no está exenta de cuestionamientos.

Especialistas advierten riesgos físicos: lesiones musculares, infecciones por heridas abiertas y desgaste extremo. Sin embargo, la tradición persiste, sostenida por generaciones que heredan cadenas, rituales y silencios.

Para estas mujeres, el agradecimiento hacia Dios va de la mano con las promesas cumplidas y las peticiones por los hijos, principalmente.

Los pilares de la tradición

Dos hombres en Atlixco concentran el mayor número de años participando en las procesiones de engrillados: uno en San Francisco y otro en la colonia Álvaro Obregón. Cada año siguen comprometidos mientras las fuerzas del cuerpo se los permiten.

Se trata de René y Roberto, respectivamente. El primero tiene 75 años y desde hace 45 vive la fe en la Semana Santa a través de este acto físico y espiritual que lo pone a prueba.

Originario de la colonia Ricardo Treviño, en Atlixco, donde se ubica el exconvento de San Francisco, desde muy pequeño estuvo en contacto con la procesión y fue a los 30 años cuando decidió sumarse.

Hoy vive en la ciudad de Puebla, pero año con año se prepara para el Viernes Santo porque siente la necesidad de agradecer las bendiciones de la vida. Sin embargo, en este 2026 señaló que sería su última participación debido al cansancio.

"Yo le comenté que no sabe, que Dios es misericordioso y que a lo mejor en el 2027 le da la fuerza espiritual y necesaria para un año más", compartió Alicia Garcés, la coordinadora.

Roberto, por su parte, lleva 32 años en la práctica y desde hace ocho participa en el grupo de engrillados de la colonia Álvaro Obregón. Aseguró que la fe fue su motivación, junto con el ejemplo de su padre.

"Veía a mi padre hacerlo cuando era niño; es un sacrificio que ofrezco a Dios para que me permita terminar este recorrido", indicó quien es hijo de uno de los iniciadores de este Viacrucis.

Este año fue quien más cadenas y espinas cargó durante la procesión e indicó que se siente bendecido desde el momento en que Dios le dio la vida.

Ambos son ejemplo —cada uno en su grupo— para mujeres y hombres que se inician en esta tradicional actividad religiosa, como es el caso de César, un joven de 18 años que participó por primera vez en San Francisco.

El joven solicitó permiso a su madre hace un año para unirse a la procesión y agradecer por un favor recibido que le salvó la vida. (KR)

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