Aquella expresión de López Portillo, de que “lo peor que nos puede pasar es que nos volvamos un país de cínicos”, hoy tiene una vigencia omnímoda. Lo que entonces sonó como augurio sombrío (aunque el fallecido presidente no estuvo exento de esa conducta) hoy avanza como un cáncer que todo lo infecta.
Las páginas de los diarios y las electrónicas, los noticiarios y vox pópuli, no pasa día sin que den cuenta de ejemplos irritantes de corrupción descarada. Y abarcan a todos. Funcionarios de los tres niveles, senadores y diputados, alcaldes y regidores, empresarios y comerciantes, curas y obispos, militares y profesionales y artistas; policías y ladrones (¡perdón… esta es una tira cómica..!)todos exhiben ejemplares relevantes que conjugan el verbo corromper en todos sus tiempos y formas.
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La documentación de los medios sobre este amenazante fenómeno es aplastante. ¿Y quién pone freno a ello? , ¿quién, al menos, levanta la cabeza y de cara a los poderes exige alto a la degradación moral y vigencia del derecho?
Nadie, nadie en el horizonte se ve con la autoridad moral para exigir acciones frontales ante el problema.
El poder ejecutivo federal se muestra omiso ante los conflictos, contemporiza con los núcleos de poder y escoge el camino de la negociación subterránea para mantener en paz las cosas. Mucho tiene de paz porfiriana el ambiente que genera esa política de dejar hacer dejar pasar.
El poder judicial vive en una zona de confort cual si se tratara de actuar en otro país, en otro planeta. Seguras sus canonjías, vive una dinámica que no es la de la gente común. Intocable para el mismo presidente, y arrogante frente al legislativo, sólo una gigantesca bomba sería el remedio para verlo actuar, es decir, empezar de cero.
El legislativo rivaliza de modo competente en ineficiencia, corrupción y franca inutilidad con el judicial. Otro poder etéreo ajeno al humano sentir. Las recientes, abundantes y reiteradas revelaciones sobre cobros millonarios por concepto de comisiones, por parte de de senadores y diputados por obtener presupuestos para obras a estados y municipios, confieren a esas estructuras del poder la vulgar y corriente condición de centros de gestoría y comercio.
El hampa común al menos usa armas y se cubre la cara con capuchas. Disculpen la comparación, señores delincuentes…
Y la cúpula del poder no acusa recibo de esta cadena de hechos anómala, asquerosa y escandalosa. No veo, no oigo, no hablo, la vieja referencia oriental parece ser la norma a seguir.
Lo triste es que dos sectores que paradójicamente suelen aparecer en los primeros sitios de la, de suyo escasa confianza de los mexicanos en sus instituciones, como son el militar y la iglesia católica, no son del todo ajenos a este océano de contaminación. Con frecuencia nos enteramos sobre los nexos soterrados de policías y militares de alto rango con los cárteles delincuenciales, y lo mismo de algunos jerarcas y representantes del bajo clero católico.
Cada uno con sus formas, cada quien en sus ámbitos.
Si esto es así, Juan Pueblo no tiene para dónde ver, de quién agarrarse.
Este coctel de corrupción y podredumbre en el poder, con raíces que forman verdaderas redes en la sociedad, integran una maraña sumamente peligrosa. No vistamos el ropaje del catastrofista, pero con este escenario, los toquidos que se escuchan en la puerta no pueden ser más que de anarquía. Eso y no otra cosa son esos brotes de justicia por propia mano que cada día en mayor cantidad hoy se registran; son de una descomposición social tal que aceleran el ritmo que sigue el país en la espiral del rezago, de la violencia, de la marginación internacional.
La ceguera en el poder es grave, pero más grave aún cuando es voluntaria.