Para muchos, muchísimos mexicanos, no puede pasar inadvertida la muerte de Jorge Saldaña. Un periodista polifacético, iconoclasta, comprometido con su país, identificado con la gente. En teoría todos los periodistas tendrían que ser así. La realidad es otra. Él fue un rebelde creador siempre.
Supo encontrar un camino inteligente. Y por ahí caminó toda su vida. Demostró que la televisión puede ser otra cosa, no solo un aparato para la frivolidad, el consumismo y la manipulación. Usó el talento, la cultura y el entretenimiento para mover al público a pensar.
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Hubo de enfrentarse a los poderes y sus intereses. Practicó un periodismo ingenioso y sumó a su causa a un sinfín de personajes de valor extraordinario. Empleó la televisión para hacer conciencia entre las multitudes. Mantuvo una posición crítica sumamente hábil, sin chocar frontalmente, pero sin dejar pasar errores o vicios de los poderes público y privado.
Abrazó siempre las causas populares y reaccionó virilmente ante cualquier injusticia.
Le dio un sentido didáctico, sin pedantería, a la televisión, para divulgar el uso del nuestro idioma. Armó extraordinarios debates sobre los temas del momento muchos años. Cuando los debates eran casi sacrílegos en México.
Metió a ese su estilo –el sentido común con inteligencia- lo mismo a catedráticos que a funcionarios, a eruditos y a jerarcas religiosos, a músicos y deportistas, a jóvenes y artistas, a creadores y a líderes.
Nada le fue ajeno. Un filón de primerísima importancia fue el rescate y la promoción de la música popular mexicana. Sus programas dejaron una honda huella y, lo más importante, cambiaron en legiones de mexicanos la manera de ver y sentir a su país.
Enseñó a pensar críticamente viendo la televisión.
Sus programas “Anatomías”, “Sábados con Saldaña”, “Sopa de Letras”, “Nostalgia”, y “Añoranza”, entre otros, fueron siempre un modelo del quehacer periodístico conectado con el gusto y sentir de la gente.
Un sello y distintivo en cada uno de ellos fue su ingenio, su chispa jarocha, su desenfado elegante, respetuoso, creativo. Y todo esto, sin el fanfarrón disfraz de la solemnidad de un Zabludovsky, por ejemplo.
Hacer esto no fue fácil. Le generó terribles enemigos en el poder y censuras. Fue satanizado y arrinconado desde dentro por las televisoras y desde fuera por el gobierno. Pero tuvo la testarudez inteligente de recular para volver con más bríos, con las mismas ideas, con la pasión de siempre.
Saldaña cumplió satisfactoriamente su papel como comunicador con México. Fue leal a su estilo, a su causa y a los valores del país. Por eso, es unánime el reconocimiento. Muchos se lo expresaron en vida. Creo que el sintió el calor de la gente como respuesta a su trabajo leal, tesonero y altamente profesional.
Cuánta falta hacen en la televisión mexicana hombres como Saldaña.
Se le recuerda muy bien. Fue un hombre que inspira.
Adiós al gran Jorge Saldaña…!