Una sociedad está mal cuando sus representantes se regodean en la corrupción y hacen de la simulación y el cinismo una forma de ser permanente.
Eso sucede con el país.
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Gráfico sería decir que está de cabeza. No, es algo peor, es aberrante el orden impuesto con base en esos procederes cotidianos.
Ligada a la corrupción reinante está la justicia como problema. La injusticia, es más propio decir. Eso se observa a diario, se mira con escándalo y a veces con horror.
Y el gobierno de Peña Nieto ofrece precisamente más de lo mismo.
Una Procuraduría de la República atrofiada por el poder, inepta y tapadera, que no investiga ni procura nada, va a prolongar, en la figura de Raúl Cervantes, exactamente lo mismo.
Lo que se pretendía corregir de fondo con la institución de una Fiscalía, autónoma del poder, es atada con cuerdas de acero a velar por el destino de sus autores al concluir el sexenio.
Y empieza ahora mismo, con un monumental disimulo y complicidad frente a la montaña de denuncias sobre escandalosísimos delitos que no tienen ni tendrán investigación alguna. Y si esto ocurre, no habrá consecuencias. Vive el reino de la complicidad.
El caso del espionaje desde Puebla con Eukid Castañón como diputado y operador de lujo es el ejemplo más simple y monstruoso.
Pero lo que vemos en el país, las escenas de perversión de las disputas, negociaciones y tráfico de poder, es un paisaje interminable.
No hay principios, hay rufianes cínicos negociando el poder.
El PRI vicia de modo inifinito el capricho presidencial de perpetuar a Cervantes para cuidar la salida de la camarilla sexenal. Y se vale de ello mediante la compra de los peores panistas.
Ernesto Cordero y Javier Lozano, los destinatarios de los peores denuestos desde el PRI durante años, los personeros de la más horrenda fachada del calderonismo, son recibidos con alfombra roja para hacer lo que mejor saben: tapar las nauseabundas cañerías de la corrupción.
Mal hacen quienes desde las filas tricolores ayer los colmaron de escupitajos, porque mañana pueden ser los novísimos padres de la patria.
O ya son.
La perversidad militante está en el poder. Y de todo se vale para salvaguardar el poder como patrimonio y el botín como cosecha.
Es el mismo pelaje. No hay “ismos” que los hagan diferentes. Ni colores ni logotipos. Se guían por el color del dinero.
Emilio Lozoya es otra joyita de la corona de la depravación de la justicia y la protección del abuso de poder. Esto, por sólo hablar de lo más reciente.
La cadena delictuosa impune, tejida finamente en gruesas redes de complicidad de los partidos, es de un grosor gigantesco.
El espectáculo escatológico que ahora ofrecen PRI y PAN es apenas una mínima muestra de este principio del final del sexenio. Vendrán aún más cosas, iguales o peores.
Y si allá en las alturas cinismo y escándalo se hermanan con binomios partidistas de idéntica ralea, en el patio poblano no cantan mal las rancheras.
El tráfico de influencias entre poderosos sale a flote como excremento en las aguas negras de las grabaciones recién reveladas por los medios.
Más allá de la clandestina negociación de intereses e intercambio de favores y negocios, acaso el lenguaje insolente, impúdico, bajuno y obsceno es el retrato fiel que los hermana.
Así lo hemos escuchado de Jorge Estefan Chidiac, Blanca Alcalá, Lastiri, Vega Rayet y muchos más conspicuos integrantes de una fauna inagotable.
Y más que vendrá en esa reserva de grabaciones extraídas de lo más profundo del inodoro poblano.
El derrumbe y degeneración de las sociedades y los países muchas veces ha empezado por el lenguaje.
Ya escuchamos como estas finísimas personas se expresan, como si hablaran en el seno familiar, en el comedor de la casa, con heces fecales en las comisuras de los labios.
Júzguelos usted, por sus palabras los conoceréis.