Lunes, 8 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La querencia

A Piollo, mi gatito, lo enterramos en nuestra querencia donde juntos, todos, pertenecemos

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Abril 28, 2023

Tiene varios meses, no quiero regresar en el tiempo porque los eventos me afectan mucho en lo emocional. Mis mascotas son parte muy importante de mi familia y mi vida; he llegado a tener siete, entre perros y gatos, y cada vez que alguno está enfermo o llega a faltar, me entristezco sobremanera por tiempo prolongado, sobre todo cuando regresan a buscarme para morir en la querencia.

Del gatito que hoy les hablo se llama Piollo. Lo adopté de la calle muy chiquito, y de inicio se unió a la tropa de perros y gatos cuando salíamos a pasear muy temprano o por la noche en el fraccionamiento que vivimos. De hecho, mis otras mascotas lo descubrieron chillando y de ahí todos lo adoptamos. Su maullido era un pio-pio, y como sonaba a que era un pollo, lo llamé Piollo.

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Dentro de la casa vivían tres gatos que, aunque esterilizados, son muy territorialistas por lo que no podía tener al Piollo adentro, y le puse, casa, comida y agua en la terraza a la que todos suben, y ahí no pelean.

El Piollo era el más fiel de todos: nunca fallaba a los rondines mientras que los otros no dejaban sus travesuras para alcanzarnos; él ahí estaba siempre, a cualquier hora del día, cuando yo salía a la calle no fallaba al escuchar las campanitas que trinan cuando se abre la puerta principal, y bajaba en chinga por la bugambilia y me esperaba sentadito junto a la puerta cuando salía para restregarse contra mí con singular alegría y dejarse acariciar y acompañarme. Un día vi que mi sobrina lo abrazaba y cargaba y él se sentía en el paraíso mientras estaba en sus brazos; ahí aprendí a cargarlo y caminar con él entre mis brazos.

El Piollo era una garantía de compañía, pero un domingo por la mañana no escuché en la terraza su maullido incomparable y me extrañó; tampoco salió a correr con nosotros, mientras lo buscamos y gritaba su nombre. Se me hizo raro y estuvimos pendientes todo el día para cuando regresara, pensando que como era el principio de la primavera se habría distraído por ahí. Por la noche salimos a buscarlo de nuevo y nada.

Así pasaron lunes, martes y miércoles siempre con la esperanza de que regresara. El jueves al medio día, mientras esperaba atravesar la calle con mi perrita, me volteé a mirar el jardín de afuera de la casa y a ras de suelo vi su colita que se movía; grité de alegría su nombre y me acerqué a recogerlo. Cuando abrí la vegetación lo vi muerto e hinchado, los pelitos de su cola se movían por el viento. Tenía días ahí y parecía que lo habían envenenado.

No pude con eso; no supe qué hacer, no lo podía creer. Me quedé paralizada recordando todo lo que es para nosotros y me arrepentí de no haberlo abrazado y acariciado más pegado a mi corazón. Pensé en levantarlo para llevarlo a cremar, pero llamé y ya no lo aceptaron así. Lo dejé donde se había esforzado por venido a morir. Solo le pusimos cal encima para que se terminara de descomponer y después enterrarlo en nuestra querencia donde juntos, todos, pertenecemos.

alefonse@hotmail.com

 

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