Este verano se está exhibiendo la película “Oppenheimer”, basada en la vida del científico norteamericano Robert J. Oppenheimer, quién hizo notables contribuciones a la física cuántica y la astrofísica. Sin embargo, su mayor fama proviene por haber dirigió el Proyecto Manhattan, nombre clave del entramado que permitió a Estados Unidos dominar el uso bélico de la energía atómica, todo ello durante la Segunda Guerra Mundial.
Así como los chicos se emocionan cuando aparecen en una acción conjunta los súper-héroes de alguna franquicia, ya sean de la Liga de la Justicia, los Vengadores de la Galaxia, los X-Men de Charles Xavier o los C-Men de Sheldon en Big-bang Theory, en esta película se pueden ver en acción a la pléyade de físicos nucleares, cuyo trabajo ayudó a cambiar nuestra visión del mundo, para solaz de los nerds que nos dedicamos a las ciencias físicas.
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En la película aparecen acompañando a Oppenheimer, el mismo Einstein, Bohr, Fermi, Bethe, Isidore Rabi, e incluso Richard Feynman, todos ellos merecedores de muchos laureles, incluidos algunos Premios Nobel. La influencia de esa generación de físicos se dio en tanto en el terreno de lo puramente científico y conceptual, como también en lo tecnológico, lo cual tuvo implicaciones tan profundas como la posibilidad de afectar la supervivencia misma del planeta y sus especies.
La vida y trabajo de Oppy, como lo llamaban con esa informalidad típica del mundo académico norteamericano, pasó de alcanzar el máximo reconocimiento de la sociedad hasta llegar a la defenestración, cuando fue víctima de intrigas políticas. Esos eventos pusieron en evidencia la ambición y falta de ética de una parte de la comunidad científica, junto con ejemplos de personajes que arriesgaron su prestigio y seguridad con tal de defender la verdad y la justicia, muestra también del valor de la amistad y la integridad.
¿Y cómo fue que Robert Oppenheimer se hizo de una fama tal que lo llevó del cielo al infierno?
Oppenheimer nació en el seno de una familia acomodada de la costa este de Estados Unidos. Luego de cursar su licenciatura en Harvard, se embarcó a Europa para probar suerte y acercarse a los creadores de esa nueva física que habían logrado explicar los enigmas del átomo, la luz y el movimiento relativista.
Cabe decir que durante los primeros años del siglo XX, la nueva física cuántica estaba haciéndose en Europa, con desarrollos experimentales realizados por J.J. Thomson en Inglaterra (descubrimiento del electrón) y Rutherford en Canadá (descubrimiento del núcleo atómico), mientras que los avances en la teoría surgían en Alemania y Dinamarca. La montaña mágica y Hamlet.
En ese momento los reyes del mambo eran Heisenberg, Jordan, Born y Schrodinger, con un Niels Bohr que acompañaba esos avances, aportando de manera fundamental en la interpretación de la teoría atómica que se estaba gestando. El descubridor del quantum, el viejo Planck, contemplaba cuán lejos había llegado su hipótesis de la discretización de la energía, como el elemento primario de la luz, mientras un Einstein más maduro cuestionaba incansablemente los fundamentos filosóficos de la nueva teoría, defendiendo la existencia de una realidad objetiva que debería poder describirse de una manera determinista. Todos ellos se reunieron en las conferencias de Solvay, en Bélgica, para aclarar paradas, en lo que debió ser algo como el Woodstock de la física cuántica.
A esa fiesta trató de incorporarse Oppenheimer, quien había viajado a Europa con la ilusión de dominar la física cuántica. Estaba dispuesto a hacer todo para obtener un boleto de entrada a ese banquete de ciencia, aunque pronto se dio cuenta que el camino era largo y sinuoso. Lo desesperaba tener que formarse en la fila, le resultaba una lata el rigor que requerían los cálculos detallados o el cuidado de un experimento. En ese proceso se llenó de dudas, angustia, resentía el maltrato de su profesor, al punto que trató de envenenarlo.
Oppenheimer tenía prisa y le parecía suficiente jugar con las ideas centrales, especular, y estimar la respuesta numérica correcta, para avanzar en una nueva idea. Esas características sería una desventaja en momentos clave, algo que le haría extraviar los diamantes que tuvo a su alcance. En palabras de Pauli, “la física de Oppenheimer siempre era interesante, pero sus cálculos siempre eran incorrectos”. Aun con eso, producto de su asociación con Max Born en Gottingen, su nombre quedó inmortalizado en los libros de texto de Física, gracias a la famosa fórmula de Born-Oppenheimer.
Oppy regresó a Estados Unidos y osciló entre Berkeley y el Caltech, dando rienda suelta a su curiosidad infatigable. Al mismo tiempo que fundaba la Escuela de Física Teórica en Berkeley, también se asomó a la efervescencia política de los años de la Gran Depresión, con una personalidad magnética que le facilitó jugar el papel de intelectual bohemio y seductor. Entre sus coqueteos con el Partido Comunista y otras causas radicales, continuó con su trabajo en Física Nuclear, e incluso se dio la oportunidad de establecer una familia.
En la comunidad científica de la época se tenía conciencia del potencial de la energía atómica; aunque sólo se había estudiado a nivel de investigación básica, ya había algunas especulaciones sobre el uso de la misma. Luego, debido al contexto de la Segunda Guerra Mundial, se despertaron mayores preocupaciones sobre su posible uso militar. En su famosa carta, Einstein y Szilard advirtieron al presidente Roosevelt de esos peligros y la necesidad de apoyar la investigación en Física Nuclear.
La película muestra de una manera emocionante el desarrollo de ese proyecto, con la feria de personalidades que Oppenheimer logró conjuntar, asignando labores a cada uno de ellos de acuerdo a su especialidad y habilidades. El clímax se presenta con la explosión de “Trinity”, primera prueba exitosa de una bomba atómica, en Álamo Gordo, Nuevo México.
Hay otra parte que se asoma en la película, que me parece de lo más interesante, y es el dilema ético del ser humano ante la posibilidad de crear un arma que podía destruir la especie. Incluso se advierte del riesgo que existía de encender toda la atmósfera a causa de las temperaturas que alcanzaría la explosión atómica.
Del lado de los científicos, podría decirse que hay incluso una actitud irresponsable o infantil, quienes se dejan llevar por el gusto por descubrir, inventar, todo lo cual queda bien representado por Richard Feynman, que aparece tocando los tambores para celebrar el éxito de la primera prueba atómica. Justamente esa fue la pérdida que lamentó el mismo Feynman: la inocencia.
Hay otro lado también, más maduro y serio, representado por aquellos científicos, que muestran su preocupación por las consecuencias para la humanidad de contar con un arma tan destructiva. Aparece ahí la voz de esos científicos que se opusieron al lanzamiento de la bomba sobre civiles inocentes y que luego lucharon por controlar la proliferación de las armas nucleares.
Al concluir la prueba nuclear Oppenheimer dijo de sí mismo: “Me he convertido en muerte, el destructor de mundos”, lo que refleja su preocupación sobre el impacto de sus acciones… demasiado tarde.