Fernando, ese día de descanso y que no fue a la taquería, se había quedado dormido a eso de las once de la noche, así que a las doce, entre los brazos de Morfeo, andaba su conciencia deambulando con alguna de las once mil vírgenes. Entonces sonó insistente su teléfono móvil, no hizo caso y solo cambió de oreja para planchar. A las 6 de la mañana, nuevamente sonó insistente su teléfono móvil. Por fortuna no se trataba de ninguna llamada de auxilio, era la llamada de una promotora de servicios por teléfono, la que trataba de contactarlo.
–¿Me puede comunicar con el “usuario de la línea”?, dijo en el tono acostumbrado de una ejecutiva de ventas.
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–“El usuario de esta línea no proporciona ningún dato personal ni contesta nada a personas que no conoce, favor de no llamar, gracias. Clic” dijo Fernando.
Nuevamente el timbre del teléfono sonó insistente, provenía del mismo número. Fernando decidió apagarlo. Cuando lo prendió, al menos cinco mensajes, eran de la telefónica con la siguiente leyenda: “TELCEL te invita a su feria tecnológica…”
Fernando indignado por ese abuso, llamó desde su móvil al *111 opción 4 y tras una serie de opciones electrónicas, habló con la operadora marcando finalmente el dígito 0. Nuevamente la contestadora digital informó: “Por el momento nuestros ejecutivos se encuentran ocupados, su llamada es importante para nosotros, por favor espere en la línea”.
Tras la espera, Fernando fue atendido quejándose de las llamadas en horarios inapropiados y de utilizar su número telefónico para figurar en bases de datos en poder de promotores de venta. Además de que había recibido infinidad de publicidad, por la vía de mensajes de texto y mensajes con premios que supuestamente había ganado y que resultaron ser un fraude. La “ejecutiva” le indicó que la empresa puede validar la información de cualquier compañía ajena al grupo y suspender en su caso esos mensajes. Sin embargo, no puede cancelar dicha molestia tratándose de la propia empresa, que envía por sistema a todos sus clientes las promociones que le vienen en gana, aun cuando no tenga autorización para recibir dichos mensajes. Pero como una atención a Fernando, la turnará como sugerencia al Departamento de Mercadotecnia. También fue informado que las quejas contra las telefónicas pueden presentarse desde un teléfono fijo para realizar el reporte.
Fernando no pagó la factura.
Para no gastar “mucho” Fernando tomó la decisión de contratar el servicio más bajo, con datos libres en redes sociales, pero no pagó los 50 pesos adicionales para bloquear el consumo de “gigas” de datos, así que tras un endemoniado olvido al dejar los datos “abiertos” o activados en su aparato, todos los mensajes y consultas de sus redes sociales acumularon “datos” y por lo tanto consumo de “gigas”. Cuando le llegó su “estado de cuenta” el cuentón superaba cuatro veces el monto del contrato mensual que había seleccionado.
Así que esperó su pago de nómina para pagar la famosa factura, el servicio le fue cortado, así como bloquearon su celular y de paso recibía llamadas y mensajes diarios (hasta 13 en un día) en el teléfono de su esposa (que también está a su nombre), de los poco atentos cobradores de la telefónica. Les explicó que pagaría tan pronto tuviera dinero, producto del pago de su nómina. Pero los casi robotizados cobradores se concretaron en amenazar “seguirá entonces recibiendo nuestras llamadas, hasta que pague su adeudo”… el colmo… recibió mensajes como “si no tiene dinero pida prestado a un amigo y pague su adeudo”.
Fernando comprendió el poder de la telefónica y la ausencia de materia gris en muchas leyes, que se utilizan más para conveniencia de los más fuertes o enterados, en este caso, los monopolios nacionales o empresas que pretenden competir contra estos y necesitan de las mismas prácticas. Molestar al consumidor, con o sin su autorización, porque la ley no lo impide y en su caso la sanción es ridícula.
Así que Fernando en un arranque de enojo, causado por la queja no atendida, azotó el teléfono móvil contra la pared, saltando en pedazos. Tarde se dio cuenta de su error, porque el contrato forzoso por el cual recibió “gratuitamente” el aparato, tiene vigencia por seis meses más. Así que, con todo y rabia contenida, tendrá que comprar otro “aparato del demonio” y seguir escuchando o recibiendo promocionales de la telefónica.
Así que los consumidores deben aguantar la impertinencia, hasta que se concluya el contrato forzoso o el legislador inteligente, haga leyes que limiten este tipo de llamadas, que representan un abuso de parte del prestador de un servicio.
¿O no lo cree usted?