“Cómo han pasado los años”, la frase se repetía varias veces a lo largo de la charla de aquella tarde mientras el pacharán “Baines de Oro” era consumido, algunos con un poco de hielo, otros simplemente refrescado en la nevera.
Una bebida olvidada por Zalacaín en las últimas semanas -la presencia del invierno no lo demandaba-, pero el cambio climático ha hecho a este mes de febrero un tanto caluroso y se apetece pasar la sobremesa al aire libre, y ahí el licor de endrinas constituye un magnífico acompañante con sus 30 grados de volumen alcohólico.
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Licores Baines en Pamplona, produce desde 1844 el pacharán, reposado por seis meses en barricas de 500 litros, de roble. Esta bebida es muy común en Navarra, pero su consumo se ha extendido por toda Iberoamérica y alcanza niveles de colección, como era el caso de este “Baines de Oro”.
La charla de aquella tarde estuvo centrada en recordar esos sitios donde Zalacaín y sus amigos, ¡cuando eran jóvenes!, celebraban el 14 de febrero.
Desde la compra de los chocolates “Kisses”, los globos, hasta la visita a sitios hoy desaparecidos.
Alguno recordó la Heladería Gilda por los rumbos de la parroquia de San José, 18 Oriente rectificó Zalacaín, recordando toda una época de helados y las copas de batidos con leche y sabores, condimentadas con café, algunos les llamaban “ice cream”.
En aquellos tiempos los jóvenes no bebían alcohol por tanto se fomentaba el consumo de bebidas dulces, como esos batidos y la nieve de limón con refresco de cola.
Otros establecimientos agregaban bebidas con un poco de alcohol, como las “Medias de Seda”, incluso una cerveza, pero jamás otras mezclas.
Por allá de 1960 un empresario, Rafa Márquez, instaló quizá el primer “drive-in” un concepto traído de Estados Unidos donde el cliente podía entrar a un amplio estacionamiento, ajardinado y donde le daban servicio a bordo del automóvil. El ”Oasis” de la Avenida de la Paz y el Boulevard a Atlixco se convirtió muy pronto en el sitio preferido por la gente joven, con coche.
La costumbre era salir a dar una “vuelta” en el auto, pasar frente al Oasis, bajar por la Avenida de la Paz, dar vuelta a la izquierda para rodear el Paseo Bravo, y seguir hasta el zócalo donde se reunía la gente mayor en el Alameda y el Royalty; se daba vuelta y se tomaba la 3 oriente para regresar al Paseo Bravo, y subir nuevamente por la Avenida de la Paz hasta la Fuente de los Frailes, donde se optaba o repetir o entrar al Oasis a tomar una malteada, batido, un refresco, un antojito, escuchar música o simplemente “echar novio”.
El éxito de Rafa Márquez provocó envidias en algunos dueños de terrenos y se expandió el tema de los “drive-in”. Así surgió el “Toledo” en la esquina de la 13 Sur y la 23 Poniente, donde enormes árboles hacían un marco ideal para provocar la oscuridad, tan necesaria en esos momentos, y otro más con una vista única de la ciudad de Puebla, “El Balcón” a un lado del Fuerte de Loreto.
“Cuántas familias poblanas fueron forjadas en esos espacios”, dijo uno de los amigos, y empezaron a circular anécdotas con nombre y apellido.
Pero había otros sitios donde “echar novio” recordaba Zalacaín. En el centro de la ciudad estuvieron dos establecimientos con amplia demanda. Uno en la azotea del Edificio Alles, el Rococó, luego se pasaría a una casa enfrente, ahí ya circulaban bebidas alcohólicas.
Y uno más, especialísimo, el “Colorines”, en la 3 Sur donde había dos espacios: el primero en la entrada, era para jóvenes adolescentes y no se vendía alcohol; pasando una cortina estaba el segundo espacio, con más intimidad, más oscuro, y ahí sí había bebidas con graduación alcohólica.
Pero el principal atractivo de “Colorines” era las mesas con cubierta de vidrio para proteger a los periquitos australianos alojadas en el espacio, de tal forma, los novios estaban viendo a los periquitos debajo del vidrio y se animaban a los besos de “piquito”.
Vaya recuerdos de esas épocas cuando no había tantos bares y las celebraciones del 14 de febrero se limitaban a tardeadas escolares o fiestas caseras, donde las bebidas, también caseras y los antojitos de vecindad ayudaban a alimentar a los invitados.
Y cómo olvidar, dijo Zalacaín los Nevados de Hermilo y las “Medias Noches” del Salambo, o las tardeadas nocturnas en el “Cuatro Caminos” donde algunas veces se apareció Marco Antonio Muñiz, pero esa, esa es otra historia.
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