A pocos kilómetros de la Iglesia de los Remedios sobre la gran pirámide cholulteca, en donde la fe católica y la sangre, las creencias indígenas se abrazaron a la fuerza, bajo el ojo inquisidor de un tribunal de exterminio. Existe un poblado de caserío antiguo, lugar de ancestros prehispánicos en donde la penitencia tiene nombre.
En San Luis Tehuiloyocan cada piedra tiene memoria y cada sombra guarda un nombre y no aparece en los mapas turísticos, ni tampoco es pueblo mágico, aún cuando forma parte del territorio de San Andrés Cholula. En ese lugar los perros amarillos saben cuándo alguien extraño cruza la última curva de la carretera. Ladran no por miedo, sino como aviso. Porque aquí en la ciudad milenaria, en donde no se distingue a qué santo se dirige la advocación del territorio, dividido entre la antigua república de indios y los naturales originarios herederos del sacerdocio.
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Fue en ese lugar en donde manos habilidosas construyeron en 1770 una casa extraña, misteriosa, con símbolos que esconden un conocimiento antiguo. Unos la llaman La Casa del Diablo; los piadosos Casa de Oración y Liturgia, los pragmáticos simplemente Biblioteca, por su actual uso. Aunque nadie lo dice en voz alta. Los más viejos prefieren llamarla “la casa”, con esa pausa respetuosa reservada a los templos o a los cementerios.
Los jóvenes, más desafanados la llaman de mil formas distintas, quizás cada grupo le da su propio nombre. Los niños, en cambio, la conocen como “la casa que ve”. Porque cuando uno pasa frente a ella, aunque sea a plena luz del mediodía, se tiene la certeza que la casa observa y juzga como el antiguo espejo de Tezcatlipoca.
Los muros de adobe, gruesos como promesas, testigos mudos de ilusiones y afrentas, esconden los exteriores la riqueza del interior enigmático cubierto de inscripciones que parecen respirar con la humedad que se impregna y el calor que la evapora.
Hoy en día no hay pintura que los cubra ni sacerdote que los riegue con agua bendita, porque algunas figuras asemejan a serpientes enroscadas, cruces invertidas y demonios promiscuos que exhiben el esplendor de su sexo, burlándose de lo sagrado, de lo prohibido por aquel tribunal del Santo Oficio.
Las serpientes que se muerden la cola, el barco eslavo, el tlachiquero y su acocote, entre otros símbolos paganos se combinan con las representaciones cristianas del martirio, en una fe trasnochada o en ocasiones ridiculizada.
Lo más perturbador no son los símbolos, ni lo que en nuestra modernidad representan. Son los ojos. Porque hay ojos, o al menos eso dicen de boca en boca, porque nada está escrito y se han replicado mitos y en ocasiones sucesos, que tallados no pintados, están insinuados. Hay signos cuyo brillo y significado es cambiante, dependiendo del estado de ánimo, al menos eso dicen. Viven en el relámpago y mueren con el último trueno.
Los cronistas aseguran que esta casa fue construida sobre un sitio prehispánico dedicado al antiguo dios de la penitencia y remisión de los pecados, el Señor del Espejo Negro. Los mexicas, que nunca llegaron a gobernar del todo la región cholulteca, lo veneraban como el dios de la noche, de la plaga y del castigo. Tenía una mirada de obsidiana, y se decía que quien osaba reflejarse en su escudo, en un instante quedaba condenado a ver todos sus pecados al mismo tiempo.
Es por esta razón y los mitos que se transmitieron de boca en boca de los señores antiguos y de algunos teólogos renegados, que el demonio eligió ese lugar para posar su aliento, trono o puerta de su infierno.
Esta es mi introducción a la Casa de los Signos, evitando difundir el antiguo temor de una casa con el demonio adentro.
¿O no lo cree usted?