Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La noche que la memoria se hizo ceniza

La figura de Omar Jiménez Espinosa es un recordatorio cruel de la fragilidad de nuestro patrimonio

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Sábado, Mayo 24, 2025

Más de tres décadas han transcurrido desde aquel 25 de mayo de 1990 en que el cholulteca Omar Jiménez Espinosa decidió poner fin a su historia, abatido por el acoso de un Estado empeñado en arrebatarle el tesoro de piezas arqueológicas y de arte sacro que, con delicadeza casi obsesiva, había ido reuniendo desde niño.

Lo que para las dependencias federales y estatales fue un “rescate” de patrimonio cultural, se tradujo para Omar en una pesadilla: la persecución judicial, los allanamientos, la certeza de que, muy pronto, no quedaría rastro de su colección y quizá tampoco de su nombre. Hasta que un disparo silencioso hizo temblar las paredes de su casa-museo y vació para siempre los pasillos que aún guardaban el eco de los pasos de quien amó a Cholula con celo y desvelo.

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Cazador de vestigios, guardián de la memoria

Ingeniero de profesión y apasionado estudioso de la historia local, Omar no era un coleccionista voraz: se le conocía por su discreción y su empeño en documentar cada hallazgo. “Cada pieza traía consigo un pedazo de la voz de quienes no tuvieron quien contara sus historias”, solía decir a quien lo escuchara. Guardaba con celo fragmentos de cerámica prehispánica, esculturas mutiladas —como ese torso de Chac Mol sin cabeza, testigo mudo de sacrificios olvidados—, códices coloniales, crucifijos y retablos que, de otra manera, habrían terminado fragmentados en comerciantes clandestinos o en estantes anónimos en el extranjero.

Su hogar se había transformado en un santuario privado, donde cada vitrina era un portal al pasado y cada sala un espacio sagrado. No hubo feria cultural, ni apertura de museo oficial, que escapara a su entusiasmo: donaba piezas para exposiciones, organizaba charlas, facilitaba el ingreso de investigadores. Su más íntima esperanza era que, llegado el día, el acervo pudiera convertirse en museo público, un refugio para que el pueblo de Cholula contemplara su propia historia sin intermediarios ni tarifas de entrada.

El cerco se estrecha

Pero la obsesión gubernamental halló pretextos en mil decretos y leyes que supuestamente protegían el patrimonio nacional. El operativo del 20 de enero de 1990, con policías federales armados, arqueólogos del INAH y funcionarios estatales, derribó de un solo golpe esa ilusión. Omar fue acusado de posesión ilegal de bienes culturales, aunque nunca hubo evidencia de que su colección proviniera de saqueos masivos: la mayoría de las piezas habían sido rescatadas de colecciones particulares en desuso o de iglesias despobladas. Sin embargo, la publicidad oficial insistió en la narrativa de un “gran contrabando cultural” (Rojas, 1990).

Lo que llegó después fue un ambiente de acoso implacable: citatorios judiciales, amenazas de cárcel, rumores difundidos para aislarlo socialmente. La prensa local, a veces con gusto sensacionalista, describía “el botín” con cifras infladas que convertían a Omar en un villano ante quienes no entendían la diferencia entre un objeto arqueológico y una simple antigüedad. Y así, cuarteado entre la incomprensión y la angustia, el coleccionista cedió a la tormenta de su propia casa-museo: el 25 de mayo, un disparo puso fin a su resistencia

El legado herido y la deuda pendiente

La conmoción desbordó a Cholula. Vecinos, colegas y militantes culturales se volcaron a las calles con pancartas que pedían “Justicia para Omar” y denunciaban la desmesura del operativo. El INAH, frente al clamor social, acordó devolver buena parte de las piezas a San Pedro Cholula; pero la herida estaba abierta: muchas obras quedaron atrapadas en bodegas oficiales o pérdidas en trámites interminables. El proyecto de Museo Comunitario, que debió erigirse como el homenaje más sentido, languideció en papeles y recortes presupuestales.

Tras décadas después, la figura de Omar Jiménez Espinosa es un recordatorio cruel de la fragilidad de nuestro patrimonio y de las obsesiones del poder. Fue un guardián de la memoria que terminó derrotado por la lógica policiaca y la miopía institucional. Su historia conmina a repensar cómo protegemos lo que en verdad importa: no los objetos, sino las voces de quienes los rescatan, las manos que los conservan, el empeño que los convierte en patrimonio colectivo.

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