En el discurso oficial se escucha y se lee que no hay impunidad en el país porque se aplica la ley. Lo hemos escuchado o leído en las expresiones del Poder Ejecutivo y en representantes de las diversas dependencias de él. Veamos algunas situaciones recientes:
Ciudad de México. En las últimas semanas hubo dos manifestaciones: una en las colonias Roma, Condesa y Juárez y otra en las inmediaciones de la Ciudad Universitaria. En la primera manifestación se causaron daños a la propiedad privada de comercios y expresiones de racismo, en la segunda los daños fueron a un museo, una librería y al mobiliario urbano. Los participantes cometieron diversos delitos: patrimoniales, asociación delictuosa, discriminación y racismo, en la relativa a la Ciudad Universitaria el daño fue a la propiedad federal.
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Tabasco. La situación delictiva llevó a investigar al gobierno local pasado y antepasado, por ser parte de la delincuencia organizada en sus diversos tipos, según la ley en la materia. Las expresiones públicas han ido desde condenas por los hechos, hasta las de “protección” de los involucrados en reuniones políticas. En este lugar se ha pasado del narcoestado a un estado mafioso porque desde el poder político se organizó y promovió a la delincuencia.
Desapariciones. En el país la falta de investigación delictiva sigue siendo un problema grave, especialmente en lo relativo al homicidio doloso y desaparición de personas. La exigua investigación y sanción de estos crímenes genera una sensación de inseguridad y desconfianza en las instituciones.
Si a estas situaciones agregamos que el número de las personas detenidas resultado de las labores de investigación de las policías ministeriales es demasiado bajo, entonces el efecto es un aumento gradual de la impunidad en la comisión de los delitos, en una capital violenta y en un país cuya percepción internacional es de “protección” a la delincuencia.
Sófocles expresó: “Un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo”.