En tiempos de polarización y discursos políticos cada vez más sofisticados —llenos de datos, estadísticas y modelos abstractos— pareciera que el ciudadano común carece de herramientas para comprender y participar en la vida pública. Sin embargo, existe un recurso tan antiguo como universal que, bien aplicado, puede ser la clave para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo: el sentido común.
Como afirmaba Peter Drucker, “la estrategia consiste en convertir la visión en acción efectiva” (1999), y para ello no basta la técnica; se requiere juicio prudente, es decir, esa capacidad de razonar desde lo evidente, lo humano y lo práctico.
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El bien común como horizonte
El filósofo Rocco Buttiglione recuerda que Cristo en la vida política no se traduce en ideología, sino en acontecimiento comunitario. Su llamado es claro: recuperar el bien común como principio organizador. En palabras del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la comunidad política existe concretamente para el bien común: en él encuentra su justificación plena y su significado” (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2005, n. 168).
El sentido común, aplicado aquí, advierte que ninguna sociedad sobrevive si cada actor busca solo su beneficio. Políticas públicas como los presupuestos participativos o las mesas de diálogo comunitario son ejemplos sencillos y efectivos de cómo este principio puede encarnarse en la vida política cotidiana.
Más allá de las ideologías
La política contemporánea suele caer en la trampa de los proyectos ideológicos cerrados. Buttiglione advierte sobre la tentación leninista de pensar que “primero tomamos el poder y luego construiremos la sociedad cristiana” (2025, p. 15). El sentido común, por el contrario, nos recuerda que los cambios genuinos nacen desde abajo, de la experiencia viva de las comunidades.
Aquí cobra fuerza el principio de subsidiariedad: “Una sociedad de orden superior no debe interferir en la vida interna de una sociedad de orden inferior” (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2005, n. 186). Esto implica reconocer que quienes sufren los problemas son también los primeros en tener las claves para resolverlos.
Cultura, historia y espiritualidad
Otro desafío es el reduccionismo economicista que reduce los proyectos sociales a cifras. Buttiglione propone una lectura transpolítica de la historia (Del Noce,1982), que considere también la dimensión cultural y espiritual. Preguntas tan sencillas como: ¿qué visión de humanidad sostiene este proyecto?, ¿cómo impacta en la identidad cultural?, ¿qué esperanza aporta? son ejemplos de sentido común aplicado al diseño de políticas estratégicas.
En este sentido, el papa Francisco recuerda: “La gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (Evangelii Gaudium, 2013, n. 115). La planeación sin cultura ni símbolos compartidos se vuelve estéril.
Responder al nihilismo cultural
El nihilismo posmoderno, como diagnosticó Nietzsche, genera vacío de sentido en la vida social. Frente a ello, el sentido común nos dice que toda comunidad necesita símbolos, narrativas y valores compartidos. Desde la religiosidad popular hasta los símbolos nacionales, se trata de recursos estratégicos que no pueden ignorarse.
El papa Francisco lo expresa con fuerza: “La esperanza no es un optimismo superficial. La esperanza es una roca a la que nos aferramos para no ser arrastrados por las tormentas del tiempo” (citado en Buttiglione, 2025, p. 34).
Inculturación: Guadalupe como modelo
Finalmente, Buttiglione señala el acontecimiento guadalupano como ejemplo de inculturación estratégica: “La síntesis guadalupana es íntimamente mexicana, latinoamericana. Sin embargo, es potencialmente universal” (2025, p. 33).
El sentido común aplicado a la política indica que, en lugar de imponer narrativas externas, se requiere aprovechar los símbolos que ya cohesionan a la comunidad. Las fiestas populares, peregrinaciones y espacios de encuentro son plataformas naturales para fortalecer el tejido social.
Conclusión
El sentido común no es una alternativa menor frente a los sofisticados métodos de análisis político; es, más bien, la condición de posibilidad para que dichos métodos tengan sentido humano. Recuperar el sentido común significa recordar que:
- El bien común equilibra intereses.
- Las transformaciones nacen desde la comunidad.
- La cultura y la espiritualidad son parte esencial de la estrategia.
- Los símbolos compartidos sostienen la cohesión social.
En definitiva, la política necesita menos complicación y más sentido común, entendido como la sabiduría práctica que asegura que nuestras decisiones estén ancladas en la realidad de las personas y sus comunidades.
Les invito a escuchar el podcast de “Laicos en la Vida Pública” sobre este tema en el siguiente link: https://tinyurl.com/5fc5dvuh
Referencias
Buttiglione, R. (2025). La presencia de Cristo en la vida política: ¿Cómo vivir el misterio en la cotidianidad de la política? Puebla: Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. ISBN: 978-968-9710-05-9.
Del Noce, A. (1982). L’interpretazione transpolitica della storia contemporanea. Napoli: Guida Editori.
Drucker, P. F. (1999). Management challenges for the 21st century. New York: HarperBusiness. ISBN: 9780887309991.
Francisco. (2013). Evangelii Gaudium: Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.
Nietzsche, F. (2008). La voluntad de poder (trad. A. Sánchez Pascual). Madrid: Tecnos. (Obra original publicada en 1901). ISBN: 9788430947038.
Pontificio Consejo Justicia y Paz. (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Vaticano