Lunes, 8 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tres ejes para desactivar la ansiedad digital

Límites sensatos, educar con intención y vida comunitaria para la niñez y juventud

Marisol Aguilar Mier

Maestra en Nuevas Tecnologías para el Aprendizaje y licenciada en Educación por la Ibero Puebla. Actualmente colabora como académica en el área de Educación Virtual en la IBERO Puebla en el desarrollo de innovación tecno-educativa, e-learning y competencias digitales. 

Viernes, Septiembre 19, 2025

En las entregas previas, hemos analizado cómo el uso problemático de los dispositivos digitales ha trastocado de manera profunda el desarrollo socioemocional de la infancia y la adolescencia, provocando enfermedades mentales y dificultades en las áreas del desarrollo.

Sin embargo, no basta con señalar las causas de la ansiedad y el malestar: necesitamos respuestas y para ello, nos apoyaremos en diversas voces que coinciden en tres ejes de acción para contrarrestar estas problemáticas:

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1. Retrasar el acceso a los dispositivos y establecer límites claros

Autores como Jonathan Haidt y Adam Alter coinciden en que el primer paso es postergar el uso de smartphones y redes sociales hasta que haya mayor madurez emocional y cognitiva (partir de los 16 años), pues no hay que olvidar que los preadolescentes atraviesan por una etapa en la que el autocontrol y la regulación emocional aún se están consolidando; por eso, un acercamiento más progresivo a los dispositivos, reduce la exposición a dinámicas de comparación y presión social, contenido inapropiado, grooming y ciberacoso.

Igualmente, es necesario el establecimiento de límites efectivos como los siguientes:

a) Zonas sin pantallas: especialmente recámaras y comedor.
b) Horarios protegidos: evitando su uso en la primera hora de la mañana y última de la noche.
c) Orden de actividades: primero las responsabilidades escolares y domésticas antes del ocio digital.

Estas pautas son útiles porque disminuyen la fricción cotidiana y protegen el sueño y la atención, así como el bienestar psicológico, recordando que “no es que tengamos poca fuerza de voluntad; es que un ejército de ingenieros trabaja cada día para capturar nuestra atención” (Tristan Harris). En otras palabras: menos exposición, mejor autocuidado.

2. Uso crítico y con sentido de la tecnología

Es innegable que la #CiudadDigital en la que estamos inmersos nos demanda una serie de competencias que nos ayuden a sacar el mayor provecho a las tecnologías. Por ello, este eje propone pasar del consumo pasivo a la agencia digital.

No es suficiente con “reducir pantallas” pues hay que promover que las infancias y juventudes aprendan a usarlas con sentido y esto implica comprender cómo funcionan los algoritmos, distinguir información confiable de la desinformación, proteger la privacidad y seguridad digital y sobre todo, también emplearla con fines creativos y productivos (no únicamente recreativos o sociales).

Cal Newport lo sintetiza así: “el minimalismo digital no consiste en renunciar a la tecnología, sino en utilizarla con intención”. En esta lógica, Gardner y Davis sostienen que crecer en un ecosistema de aplicaciones moldea y limita los ámbitos de identidad, intimidad e imaginación por lo que la meta educativa debiera ser transitar de ser “app-dependientes” a “app-competentes” y ello implica usar las aplicaciones con criterio propio, autonomía y pensamiento crítico para avanzar:  

  • Identidad: de “¿cómo me ven?” a “¿qué quiero decir y por qué?”.
  • Intimidad: de mostrar y compartir para agradar y validarme a cuidar mi esfera personal y cultivar vínculos significativos.
  • Imaginación: de reproducir filtros y tendencias en formatos prefabricados, a crear obras originales que expresen genuinamente la propia personalidad.

3. Recuperar lo humano: más juego, conversación y comunidad

Nada reemplaza el juego libre, el deporte, las artes, la lectura, el contacto con la naturaleza y la conversación cara a cara. Son experiencias que nos humanizan, y en el caso de nuestras infancias y adolescencias, favorecen el desarrollo de la imaginación, la empatía, la tolerancia a la frustración, la resolución de problemas, las habilidades sociales y el sentido de pertenencia. Por eso, rescatar parques, canchas, centros culturales y bibliotecas debiera ser una política de salud mental y desarrollo comunitario.

Del mismo modo, es necesario brindar oportunidades para desarrollar la autonomía, la responsabilidad y la independencia con el fin de que puedan sentirse útiles, productivos y capaces de enfrentar los desafíos propios de irse convirtiendo en adultos. Sherry Turkle lo resume bien: necesitamos reclamar la conversación cara a cara, cultivar la empatía y la presencia plena.

La llamada generación de cristal no está condenada a la fragilidad emocional ni a la dependencia de las pantallas. Con el acompañamiento adecuado, puede convertirse en la generación creativa, crítica y resiliente que el futuro necesita si instalamos estos tres ejes en las prácticas familiares, escolares y sociales.

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