Cada septiembre, mientras en México se apagan lentamente las ceremonias del Grito de Independencia en diversos puntos del país —y cada vez con menos banderitas en autos y banderotas en casas, quizá por falta de bolsillo, de fervor patrio o de ambas—, la ONU organiza su ritual anual: la Asamblea General. Este año se celebró la octogésima sesión, que en teoría debería ser histórica, pero que en la práctica suele convertirse en un desfile tedioso de discursos vacíos.
No sorprende que, cada año, durante la Asamblea General —con 193 miembros activos—, se plantee la necesidad de reformar a fondo el sistema de naciones, prácticamente sin cambios significativos desde su creación, el 24 de octubre de 1945, en San Francisco, California.
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El poder de veto —esa camisa de fuerza autoimpuesta— de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, quizá el órgano más importante, ha impedido que notorios atropellos al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas sean evitados o sancionados.
Esa “kriptonita” ha convertido a la ONU en una institución que mira, comenta y condena, pero sin capacidad de decisión vinculante. Su inoperancia para frenar la invasión rusa a Ucrania o la ofensiva israelí en Gaza son las pruebas más recientes de su parálisis.
Richard Gowan, del International Crisis Group, ha señalado que “las Naciones Unidas han sido incapaces de detener conflictos que involucran a grandes potencias, lo que muestra una falla estructural del sistema, ante crisis en las que los intereses geopolíticos y militares pesan más que la diplomacia multilateral”.
Para ser justos, hay muchos otros órganos de la ONU —como la OMS, el PNUD y UNICEF— cuyos aportes han sido y siguen siendo invaluables para la humanidad, aunque pocas veces se les reconozca. Sin la OMS, ¿cómo hubiéramos logrado articular los esfuerzos internacionales y salir relativamente rápido de la pandemia de COVID-19 sin muchas más muertes? Esto no es poca cosa.
Pero regresemos al tema de la Asamblea General. Durante años se había convertido en un trámite soporífero, algo así como escuchar las mañaneras comprimidas en tres días, a manera de castigo. Un desfile de jefes de Estado que lanzan discursos retóricos y grandilocuentes, con impacto mínimo.
Sin embargo, esta vez ocurrió algo sorpresivo y distinto, que añadió sal y pimienta y merece ser comentado.
El tema de Gaza incendió la agenda
La guerra en Gaza rompió la monotonía. Fue, sin duda, el tema central de la Asamblea. Para retratar el malestar internacional hacia Israel, alrededor de cien representantes de al menos cincuenta países abandonaron la sala —de acuerdo con The Guardian— mientras Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, se alistaba a pronunciar su discurso.
Netanyahu, fiel a su estilo desafiante, defendió las operaciones militares de Israel en Gaza tras los ataques de Hamas, argumentando que no existe genocidio alguno. Aseguró que han emitido advertencias previas, dado tratos diferenciados y reiteró que su país actúa en “legítima defensa” frente al terrorismo.
Su audacia lo llevó incluso a ordenar transmitir su discurso hacia Gaza mediante altavoces, un gesto por lo menos provocador que fue repudiado internacionalmente. Para rematar, comparó la idea de establecer un Estado palestino junto a Jerusalén con permitir que Al Qaeda se instalara al lado de Nueva York. Una analogía imprecisa y exagerada que rebaja la diplomacia a propaganda de guerra.
Más allá de los debates sobre el genocidio y la crisis humanitaria, el saldo es evidente: Israel ya no convence ni a los suyos y pierde mucho terreno. El derecho palestino a un Estado gana adeptos, incluso entre sus aliados europeos.
La picardía latina, infaltable
El presidente colombiano, Gustavo Petro, no se contuvo. Señaló a Netanyahu como “criminal de guerra” y habló abiertamente de genocidio. Llamó a la movilización internacional para sancionar y reconocer el sufrimiento de la población palestina, además de dirigir críticas al orden internacional por lo que considera permisividad frente a violaciones de derechos humanos.
Pero su discurso polarizante no fue suficiente: fue más allá al arengar en Nueva York —en un acto fuera de agenda— a soldados estadounidenses a desobedecer órdenes de Donald Trump y “someterse a la orden de la humanidad”, representada, desde luego, por él mismo. Estados Unidos le revocó la visa inmediatamente, un procedimiento que, como sabemos, Washington ha afinado últimamente contra políticos mexicanos.
Tiene razón al denunciar la masacre en Gaza, pero su exceso verbal lo coloca más como agitador —parte de su ADN— que como estadista. Y en diplomacia, la forma importa tanto como el fondo.
México: la ausencia inexplicable de Sheinbaum
Si hubo una oportunidad dorada para Claudia Sheinbaum, fue esta. La primera presidenta mexicana en la Asamblea General habría sido la imagen y acaparado las miradas, pero ella misma veló esa fotografía. No asistió. Decidió ausentarse y delegar su representación al canciller Juan Ramón de la Fuente, quien, en una parte central de su discurso, ponderó el avance político de las mujeres en México.
El gesto no pasó desapercibido. Que un hombre hablara sobre los logros femeninos de México se interpretó como una especie de mansplaining diplomático. Algo similar a lo ocurrido con el diputado Gutiérrez Luna defendiendo a su esposa como “dato protegido”. ¿No era acaso el momento idóneo para encarnar el “tiempo de mujeres” que tanto presume su gobierno? Este fue el tema que más críticas recibió de expertos internacionalistas.
De la Fuente, por su parte, se mostró más prudente y sensible que Petro. Defendió a Palestina sin hablar de genocidio —para no incomodar a la comunidad judía, como había ocurrido anteriormente—, criticó los bloqueos económicos a Cuba, pero guardó silencio ante sanciones aplicadas por otros países. Un discurso correcto, pero tibio… como siempre.
Posdata. Al día siguiente, Netanyahu se reunió con Trump. El expresidente presentó un plan de 20 puntos para la “paz” en Gaza, recibido por Hamas en Qatar y Egipto. El problema es que el plan equivale a la capitulación total del grupo sin recibir nada a cambio, salvo su supervivencia. La propuesta ha sido aceptada por varios actores, incluidos países del mundo árabe, con lo que Hamas se ve arrinconado contra la pared. Aun así, la paz pende de un hilo muy delgado.