No era lunes ni martes. Era el día en que los pueblos se hartaron. Yo llegué tarde, como siempre.
Las piedras ya estaban puestas, las llantas algunas encendidas, y la rabia bailando como fantasmas de la noche en los rostros.
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Los conocí por el humo, los cachetes tiznados, las manos manchadas. Frente a la pira puesta a la mitad de la calle, de tal forma que nadie entraba ni salía. Como una garita de fayuca, pero tu sin dinero. Así sobre la Cholula-Calpan como si la tierra misma quisiera dejar de respirar. En esta ocasión, allá en donde los cholultecas de la ciudad no van, allá por el Zapotecas, no había manifestantes.
Había hombres con machetes, mujeres como las antiguas Adelitas, con altavoces viejos, niños con las manos negras de tanto jugar entre basura, escombros y tizne, mucho tizne de llantas quemadas. Aquí vale la pena un paréntesis, los inconformes no quieren un basurero por la contaminación. Cierro el paréntesis.
También había plantas. ¡Sí!
Una mujer puso una planta en medio del asfalto, justo frente a una barricada de piedras.
—Para que vean que aquí también crece la vida, aunque nos la quieran enterrar —dijo sin mirar a nadie. Como si le hablara en voz alta a su propio pensamiento.
Había furia. Pero era una furia organizada.
Una furia que venía de años. De promesas incumplidas. De una presidenta que, en un descuido, el empresario incumplió el contrato y en lugar de un reuso y reciclado de basura hizo un cementerio de cadáveres y porquerías. Porque enterrar la basura, la que todos votamos, es un buen negocio, cuando recogerla y votarla se hace con el presupuesto público.
Pero si recordamos, desde cuando viene esto, se sabe que, desde la época de otra presidenta, quien recibió un billete para otorgar la concesión, peor lo hizo por poquitos años, hasta que llegó José Juan con Moreno Valle quien con el dedo de los diputados se aprobó una inversión millonaria de recursos públicos y concesión por treinta años.
Así que el mentado relleno sanitario que clausuraron para la foto los de la SEMARNAT y abandonaron como un cadáver pestilente que nadie se atrevió a enterrar bien. Es motivo de protesta. Mantos acuíferos contaminados. Declaraciones de funcionarios cholultecas que dicen que la bolita la tiene el Estado, porque es un asunto de ellos y únicamente el municipio puso su parte. Que dicho mugrero es intermunicipal en donde participan más de dos docenas de gobiernos. Que esto, que el otro. Así que la bolita, caliente, por cierto, está en otras manos. Como el tal Pilatos se lavaron las manos.
Y ahí siguen las consecuencias. Poquitos. Pero constantes. Enfermos que no salen en el periódico; pozos que ya no dan agua, sino sospecha que, algo nada en el líquido.
Los pueblos se plantaron, no como protesta, sino como advertencia.
No vinieron a pedir. Vinieron a decir: “Ya basta”.
Y cuando un pueblo dice eso, la historia cambia o la escribirán tras algunos revoltosos que se ofrecerán como mártires. Yo caminé entre ellos. No tomé muchas fotos. A veces la cámara estorba.
A veces basta con escuchar.
Un joven me habló de las camionetas de policía que entraban cada noche a supervisar los terrenos donde acampan los revoltosos, cuando todos dormían o se descuidan.
De cómo sus perros dejaron de ladrar y empezaron a morir callados. De cómo el aire ya no sabe igual.
Un señor mayor —con sombrero y bastón— dijo algo que no he podido sacarme del cuerpo:
—Aquí primero nos acostumbramos a la mierda. Luego al silencio. Pero ya basta, ¡basta!
Los automovilistas que necesitan pasar hacia Calpan, Nealtican o San Nicolás de los Ranchos, deben hacerlo por la carretera de los topes y baches que llaman “Paso de Cortés”. Una carretera en donde el municipio sabe que hay baches, pero a ellos no les toca arreglarla, porque es una carretera a cargo del Estado, lo que sí pueden hacer es facturar esos baches, aunque la gravilla puesta dure menos que un suspiro de moribundo.
Algunos automovilistas, los menos pacientes, bajan la ventanilla y sueltan insultos. Enojados porque no pueden ir al pueblo de los Chiles en Nogada.
Otros con su espíritu de periodista, sacaban su celular para grabar la escena como si fuera un desfile de fauna salvaje tipo Africam Safari.
Ninguno entiende. Ninguno quiere entender. Porque es más fácil culpar a los que mientan madres que al basurero.
Porque es más sencillo odiar la piedra que mirar la herida.
Y así se quedaron.
En la carretera. Entre la ceniza, las consignas, los tambores de guerra en pausa.
Sí, tambores. Porque estos pueblos saben que la rabia también se baila.Con máscaras. Con ritmo. Con dignidad.
Me fui cuando se hizo más noche y comenzaron las patrullas de la policía hacer un supuesto rondín. La prudencia me indicó que es mejor ver desde lejos, por aquello que se les ocurra una madriza oficial.
Así que, de regreso a Cholula, me fui pensando en ese bloqueo, para entender que donde huele a veneno, florecen los pueblos.
No porque quieran, sino porque no tienen otra. Y esta vez, no vinieron a mendigar justicia.
Vinieron a exigirla con piedras, con rabia…
…y con una planta, como un testimonio que también puede crecer en el asfalto caliente.
¿O no lo cree usted?