El reciente relevo en la Fiscalía General de la República agitó al país durante un par de jornadas. El procedimiento que se siguió estuvo marcado por contradicciones: vacíos deliberados y un desaseo institucional que ya no sorprende a nadie. En el régimen actual, la irregularidad dejó de ser tropiezo; se ha consolidado como política pública.
La ausencia de claridad y transparencia en un asunto de alta trascendencia nacional se ha vuelto parte de un libreto repetido. El poder administra la información con cálculo político: filtra lo conveniente, oculta lo esencial y, en el proceso, distrae a la opinión pública de los males estructurales que desgarran al país.
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Mientras se discute la salida del fiscal, permanecen en la penumbra los niveles alarmantes de corrupción, la industria del huachicol que florece a la vista de todos y el vínculo cada vez más evidente entre el narcotráfico y sectores de la clase gobernante. El humo político se vuelve así una eficaz cortina para esconder incendios de fondo.
Actuar de forma nebulosa es útil cuando cada semana estalla un nuevo escándalo, aún más profundo que el anterior. ¿Quién habría imaginado que la podredumbre nacional llegaría hasta Miss Universo con el triunfo de Fátima Bosch? ¿Quién anticipaba que un concurso de belleza detonaría un bochorno internacional y precipitaría la renuncia de Alejandro Gertz Manero? ¿Y quién habría previsto que el “noviembre negro” de Claudia Sheinbaum cerraría con broche de oro? No bastaban el asesinato de Carlos Manzo, la movilización reprimida de la generación Z, el encubrimiento del Bloque Negro ni las protestas y bloqueos de campesinos y transportistas que paralizaron al país.
El episodio que detonó la salida de Alejandro Gertz Manero exhibe esa lógica. La renuncia se filtró desde el propio gobierno, mientras la Presidenta afirmaba ignorarlo todo. Veinticuatro horas después, Adán Augusto López —operador incansable, senador cuando la Champions lo permite— concretó la dimisión del fiscal octogenario.
La narrativa oficial, lejos de admitir errores o excesos, optó por el eufemismo diplomático: Gertz no se va por su incapacidad ni por su cuestionado legado, sino porque será embajador en un “país amigo”. Una categoría selectiva, desde luego, que excluye a más de uno de nuestros vecinos latinoamericanos, Perú y Ecuador por lo pronto.
La simulación, sin embargo, actuó con precisión. Mantener opacas las razones abre espacio al eterno deporte nacional: la proliferación de teorías. Que si Sheinbaum impuso su autoridad y dio un manotazo sobre la mesa; que si López Obrador removió a un fiscal incómodo para el Clan de Macuspana; que si Adán Augusto enseñó quién manda realmente; que si García Harfuch cobró viejas facturas, con miras para el 2030. El repertorio es amplio, pero poco útil. La esencia se resume en una palabra: gatopardismo. Hacer como que cambian las cosas y los nombres, para que todo permanezca igual, o incluso… para que empeore.
Porque ni la procuración ni la impartición de justicia se transformarán mientras los cimientos del sistema —impunidad, opacidad, uso político del derecho— sigan intactos. El país lleva décadas en un ciclo donde el titular de la fiscalía cambia, pero las prácticas sobreviven, y con ellas la certeza de que el poder jamás será investigado a profundidad.
El legado de Gertz lo confirma. Su paso por la procuraduría y luego la fiscalía estuvo marcada no por grandes esclarecimientos, sino por obsesiones personales, extralimitaciones y decisiones cuestionadas. Su persecución contra Alejandra Cuevas y su propia familia política dejó huella: dos años de cárcel para la hija de su cuñada, gracias a tipos penales fabricados con la colaboración entusiasta de Ernestina Godoy.
Esa coordinación —eficaz, pero para torcer la ley— es quizá la única que ambos demostraron con consistencia. En contraste, los casos de alto impacto permanecieron sin resolución, y su gestión culminó con la extravagante resurrección del caso Colosio y la detención del presunto “segundo tirador”, un episodio que sintetiza la politización y la terquedad que caracterizaron su mandato.
Irse a una embajada se ha convertido en la elegante ruta de escape para los funcionarios desprestigiados. Las sedes diplomáticas mexicanas convertidas en basureros políticos que albergan cartuchos quemados con sorprendente regularidad. La Presidenta afirmó que “se cumplió un periodo” y comienza una nueva etapa. Lo que no dijo es que esa nueva etapa estaría encabezada por la fiscala carnala, cuya lealtad no admite matices y cuya llegada coloca en terapia intensiva la ya de por sí frágil autonomía de la FGR.
Ernestina Godoy llega con un historial que inquieta: encubrimientos en casos dolorosos como el Rébsamen y la Línea 12 del Metro, espionaje político documentado por The New York Times, y un rezago monumental en la procuraduría capitalina. Su intento fallido de reelección dejó en su lugar a Ulises Lara, célebre por su título universitario exprés. Esa es la estampa institucional que ahora asciende al ámbito federal.
Lo único rescatable, podría ser que cuando Harfuch y ella coincidieron en la CDMX, la coordinación para enfrentar al crimen y la inseguridad fue aceptable, lo que no ocurrió en el ámbito federal con Gertz Manero.
El mensaje para las entidades federativas es inequívoco: las fiscalías quedarán bajo control pleno de los gobernadores, quienes tendrán cada vez más incentivos para usar la justicia como instrumento de presión política. La autonomía, pese a los discursos, parece haber firmado ya su acta de defunción.
Resta ver cómo se desenvolverá la ceremonia que marcará el cierre de la era Gertz y la entronización de Godoy. No sería extraño que el exfiscal decida no asistir al Senado a la ceremonia de ratificación, alimentando así el drama palaciego. Aunque públicamente la Presidenta lo ha tratado con suavidad, nadie sabe cómo procederá él, dueño de un enorme arsenal de información sensible y proclive a las filtraciones estratégicas. Su frase —“me retiro, no renuncio”— suena menos a despedida que a advertencia. Tal vez se retire a la manera de López Obrador, para actuar tras bambalinas.
Posdata. Ricardo Ravelo y José Luis Montenegro presentaron hace unos días el libro La Cuarta Transformación del Crimen Organizado, cuyo título no deja margen a la imaginación. El domingo pasado, AMLO —con enorme ego y narcisismo, típico de su mesianismo— hizo lo propio desde la comodidad de su rancho y publicó grandilocuentemente su texto Grandeza. Dos títulos que se autoanulan por definición.