El sábado 3 de enero, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, fue asegurado por tropas estadounidenses que incursionaron en Caracas, para ser presentado ante una corte de Nueva York, acusado de diversos delitos relacionados con el trasiego de drogas.
En medio del shock internacional provocado por el acontecimiento, lo cierto es que esta acción —que aún no terminamos de asimilar por completo— ha cambiado la historia de América Latina. A partir de esa fecha amanecimos en una región distinta, con una realidad diferente, que ya no se parece a la que teníamos antes. No seremos los mismos y eso habrá que tenerlo presente de cara a lo que viene.
Más artículos del autor
Más allá de estar o no de acuerdo con la operación militar —que, dicho sea de paso, fue exitosa y quirúrgica— y de la polarización que ha generado, pueden identificarse dos hechos incontrovertibles.
Por una parte, desde la invasión estadounidense a Panamá en 1989, que derivó en el encarcelamiento y la deposición del dictador Manuel Antonio Noriega —quien, por cierto, no ocupaba formalmente la presidencia, aunque controlaba al país desde las fuerzas armadas—, no se había producido una intervención militar de este calibre. Una acción que, desde luego, trastocó el derecho internacional y la Carta de la ONU.
Por otra parte, Nicolás Maduro y su antecesor, Hugo Chávez, instauraron una de las dictaduras más brutales y prolongadas de América Latina en el siglo XXI: 25 años de chavismo. Un régimen que pisoteó las leyes, violó sistemáticamente los derechos humanos, desapareció y torturó a miles de personas, y expulsó a más de siete millones de venezolanos en una diáspora cruel e inhumana.
Frente a estos dos postulados, la discusión pública se ha centrado en defender o cuestionar una u otra realidad. No parece haber espacio para la objetividad, la conciliación o la moderación. O se está con Dios o con el Diablo —sin purgatorio de por medio—, y no se admiten matices. O se es partidario del invasor y del garrote de Trump, o, en contraparte, defensor del tirano y dictador Maduro. Un maniqueísmo que no tolera tibiezas.
Algunas personas han externado su imposibilidad de asumir una postura alineada con cualquiera de los extremos y reconocen su dificultad para calificar la asonada estadounidense.
Estimo que sí es posible encontrar una salida a este dilema que a muchos nos corroe. Otros ya tienen posiciones inamovibles y así seguirán eternamente. No se trata de adoptar una postura “buena ondita” o woke para colocarse en un punto medio y salirse por la tangente. Se trata de reconocer que tanto Trump como Maduro han rebasado las líneas rojas que hacían viable una convivencia estable y pacífica, construida a lo largo de varias décadas. Ambos lo hicieron sin rubor, y eso representa una pésima señal para la comunidad latinoamericana e internacional. Desde esa perspectiva, resulta válido y necesario cuestionar ambas realidades.
Qué bueno que los venezolanos se han quitado de encima un pesado lastre y comienzan a respirar con mayor libertad, aunque aún no se haya desmontado por completo el sistema tiránico, con la permanencia de la presidenta interina Delcy Rodríguez y del aparato militar que, quizá, dio la espalda a Maduro en el momento decisivo. Qué bueno que Maduro enfrente cargos por narcotráfico, aunque estos representen solo una parte de sus múltiples acciones inaceptables y aún no haya sido llevado ante un juez por crímenes de lesa humanidad, que sin duda los hay.
Qué bueno que se envíe un mensaje claro a los gobernantes autócratas que creen que pueden aferrarse indefinidamente al poder sin rendir cuentas: nadie es intocable. Qué bueno que se abra la posibilidad de una transición pacífica y ordenada que desemboque en nuevas elecciones —pero ahora sí, en mejores condiciones— que permitan revaluar la democracia.
Qué bueno por Venezuela y por América Latina que se liberen de una tiranía más, de las pocas que aún subsisten. Qué bueno que los apoyos a la dictadura cubana se desvanezcan, mientras su economía se marchita, y que, según Trump, no sea necesaria otra intervención militar porque “está lista para caer”.
Pero qué malo que la caída de Maduro haya sido producto de una intervención militar que viola los estatutos de la ONU y del derecho internacional, aun cuando se argumente que los mecanismos legales estaban agotados. Qué malo que el mandatario estadounidense declare que “Estados Unidos está al mando” de Venezuela y no su presidente legítimo. Qué malo que se haya justificado con base en una nueva ley de Seguridad Nacional y en la equiparación del narcotráfico con el terrorismo.
Qué malo que se confirme la instauración de una nueva Doctrina Monroe —bautizada por su autor como “Trumproe”— que concede carta blanca para intervenir en otros países bajo el mismo argumento. Qué malo que las rutas del narcotráfico (fentanilo, anfetaminas, cocaína y marihuana) atraviesen territorio mexicano y nos coloquen en la mira. Qué malo que Trump afirme que México es gobernado por narcotraficantes y no por la presidenta Sheinbaum, y que “México necesita hacer algo”.
Qué malo que ya se especule sobre el siguiente paso: Groenlandia, Colombia o México. Qué malo que hayan perdido la vida 32 efectivos cubanos que resguardaban al “presidente” venezolano sin que se hable de intervención o violación de la soberanía en ese caso. Qué malo que Venezuela se sume a la lista de invasiones, junto con Ucrania bajo el asedio de Vladimir Putin, hechos que en Latinoamérica se cuestionan poco. Qué malo que la ONU y el derecho internacional pierdan vigencia como vías para soluciones pacíficas y negociadas. Qué malo que el horizonte latinoamericano se vea amenazado tanto por tiranos aferrados al poder como por personajes que aspiran a convertirse en el policía del mundo.
América Latina había dejado atrás, en un pasado relativamente lejano, las dictaduras militares del Cono Sur y había dado paso a una ola de gobiernos democráticos, legítimamente electos. Cuba, Venezuela y Nicaragua eran el “negrito en el arroz”: ejemplos claros de un nado contracorriente respecto al resto de la región. Aspiraban a sumar a más países a su deriva autoritaria y represiva, pero hoy parece que su apuesta se quedó sin gasolina y que no contaban con que Trump tendría otros planes para el hemisferio occidental.
El caso venezolano expone una paradoja central del orden internacional contemporáneo: cuando los mecanismos institucionales fracasan de manera sostenida, el sistema queda atrapado entre la tolerancia a la impunidad y la normalización de la fuerza. Ninguna de las dos opciones resulta sostenible ni deseable.
La inquietud de fondo no es solo cómo cayó Maduro, sino qué tipo de precedentes se están construyendo para una región que, históricamente, ha padecido tanto a los tiranos internos como a las imposiciones externas. Esa tensión, lejos de resolverse, apenas comienza.