Ella está en el horizonte.
Yo me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar."
Eduardo Galeano
La frase "La misión del cerebro no es que seamos felices", del psiquiatra argentino coetáneo Lucas Raspall, cuestiona una de las creencias más arraigadas de nuestra época: la idea de que la felicidad debería ser el estado natural y permanente del ser humano.
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Vivimos rodeados de mensajes que prometen bienestar continuo. La publicidad, las redes sociales, ciertos discursos de autoayuda e incluso algunas corrientes psicológicas, nos sugieren que existe una versión ideal de la vida donde el sufrimiento desaparece y la satisfacción se vuelve constante. Sin embargo, la experiencia humana parece desmentir una y otra vez esa promesa.
Mucho antes de que la cultura contemporánea convirtiera la felicidad en una obligación, Jacques Lacan, psiquiatra francés del siglo pasado, ya advertía que el malestar no era una falla del sistema, sino una condición inherente a la existencia humana.
Lacan señaló que a los seres humanos nos atraviesa una falla estructural: la del lenguaje, que nos permite habitar el mundo y construir una identidad, pero a la vez nos introduce a una pérdida fundamental: nunca coincidimos plenamente con nosotros mismos, nunca alcanzamos una satisfacción completa y nunca encontramos un objeto capaz de colmar definitivamente nuestros deseos, lo que lleva a la utopía.
Siempre hay algo en nosotros que permanece incompleto.
Por eso, cuando obtenemos aquello que creíamos necesitar para ser felices —una meta, una relación, un reconocimiento o una posesión—, lejos de producirse una satisfacción definitiva, algo nuevo aparece en el horizonte. Por lo que el deseo no se extingue al satisfacerse; simplemente se desplaza.
En ese sentido, la metáfora de Galeano resulta extraordinariamente precisa: la utopía se aleja a medida que avanzamos hacia ella. No porque sea un engaño, sino porque su función no es ser alcanzada. Su función es mantenernos en movimiento.
Lo mismo ocurre con el deseo.
La felicidad absoluta sería equivalente al fin del deseo. Y un sujeto completamente satisfecho sería un sujeto sin búsqueda, sin preguntas, sin creación, sin inquietud y sin movimiento. Paradójicamente, sería un sujeto psíquicamente detenido, estático.
Esto no significa glorificar el sufrimiento ni romantizar el dolor. Significa reconocer que cierta dosis de malestar forma parte de la condición humana. Porque no toda tristeza es depresión. No toda angustia es una enfermedad. No toda incertidumbre requiere una solución inmediata.
Tenemos derecho a no estar bien.
Ahora vivimos en una época que tiende a patologizar cualquier forma de sufrimiento, por lo que es necesario recuperar el valor de algunas experiencias incómodas. La angustia, por ejemplo, señala algo verdadero acerca del sujeto. Porque es allí donde las certezas se derrumban y los sentidos habituales vacilan y, según Lacan, es de desde donde puede emerger una pregunta más profunda: “¿Qué es lo que realmente deseo?”
El problema no es sufrir. El problema es creer que el sufrimiento debería estar completamente ausente de la vida.
La pregunta de cómo alcanzar una felicidad permanente, debe mutar a construir con solidez una relación más auténtica con el propio deseo. Mientras la felicidad aparece como un ideal homogéneo y universal, el deseo es singular. Es espontáneo. Es heterogéneo. Es abierto. No responde a recetas, algoritmos ni modelos prefabricados.
Por eso es conveniente desplazar la mirada: en lugar de preguntarnos si somos suficientemente felices, podríamos preguntarnos qué deseamos, qué repetimos, qué evitamos y qué estamos dispuestos a asumir como propio.
Tenemos ya la certeza de que la biología no garantiza la felicidad. Y la condición humana, tampoco.
Estamos hechos de búsquedas, contradicciones e incompletudes. Padecemos una carencia que ninguna conquista puede cancelar definitivamente, y es precisamente esa escasez la que nos mueve, la que nos impulsa a crear, amar, pensar, construir y transformar nuestra vida.
Por eso, la tarea no consiste en perseguir una felicidad sin fisuras, sino en aprender a habitar el deseo, que es motor y no destino, porque nunca se alcanza, pero da sentido al camino, al transitar hacia ese horizonte que siempre se aleja, sabiendo que no está allí para ser alcanzado, sino para mantener viva la marcha.
Lo mejor que podemos hacer cuando uno de nuestros seres amados padece precisamente al descubrir que su deseo es inalcanzable, es darle sentido a su camino, acompañarlo a llorar las incompletudes que somos, para después, seguir caminando.
Incompletud: inacabado, inconcluso, parcial, fragmentario, imperfecto, rudimentario, inmaduro, verde, defectuoso, falto, insuficiente, escaso.
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