El caminante dirige sus pasos hacia la Sierra Norte de Puebla, una región mágica, bellísima, seductora.
Allá, cada viaje o visita depara gratas sorpresas.
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La dirección es hacia Tlatlauquitepec (“Lugar de tierra roja”, según una versión, o “Cerro que arde”, otra). El paisaje en el trayecto cambia, de una zona semidesértica con remolinos, a otra de un verdor múltiple y vegetación exuberante.
Al aproximarse, al lado izquierdo de la carretera llama la atención un capricho de la naturaleza. En la orografía destaca el llamado “Cerro Cabezón”, una formación crónica truncada desprovista de vegetación, en torno a la cual circulan leyendas diversas en la región.
Al cabo de dos horas con cuarenta minutos, aproximadamente, llega uno a este rincón poco conocido por el turismo. Se llama la Presa de la Soledad, pero las diez familias que la han convertido en un atractivo turístico la denominan ‘Los Lancheros de la Soledad’.
Estas familias campesinas forman una sociedad que ha dotado al lugar de una infraestructura mínima para el disfrute. Es un lago paradisíaco, con una especie de meandros que hacen rememorar la zona de los lagos en Los Andes, entre Chile y Argentina.
El último tramo para llegar a este escondido tesoro natural de la Puebla norteña es de terracería, un kilómetro aproximadamente. Es recomendable llegar en camioneta. Hay sitio bien marcado para estacionarse, los espacios están limpios y se puede acampar o simplemente estar de paseo unas horas.
Hay sanitarios, pero no energía eléctrica, salvo una planta que alimenta la sencilla oficina y tiendita de los lancheros. En esta ofrecen bebidas típicas de la región. Las veinticuatro horas del día hay personal en esta área, que se encarga de la seguridad y los servicios mínimos requeridos por los visitantes. Es gente amable y servicial que trata con calidez a los turistas.
Nos asignan una pequeña loma para acampar, un sitio privilegiado, como una especie de mini península que ofrece la mejor vista del maravilloso lago. El sólo llegar a este lugar es conectarse con el concierto natural de las aves. Todo el tiempo se escuchan trinos seguramente de docenas de especies de pájaros. Abundan las chachalacas, los jilgueros, colibríes, zenzontles, gallaretas y algunos halcones y águilas allá en las alturas.
Este punto del estado es sin duda un atractivo reto para los ornitólogos. Buena falta que hace un catálogo de la gran variedad de pájaros que se advierte entre el denso follaje de los árboles.
Con un poco de suerte se logran ver tucanes de pico de canoa, una especie cada vez más rara en el planeta. El lago, casi ausente de oleaje, es como un espejo que refleja con belleza nítida los cerros que lo rodean.
Las garzas, con su vuelo lento y aterciopelado plumaje, le dan un toque excepcional a cada ángulo del lago. Pero la sinfonía que proviene del follaje de los árboles es interminable y acompaña, como celestial música de fondo, todo el tiempo de la gratísima estancia en el lugar.
Los trinos de las aves van disminuyendo a medida que avanza la noche, y entonces cambia la partitura: la fauna acuática entra en escena. Lugar con ausencia total de iluminación, la negrura de la selva se inunda con una gran variedad de sonidos de sapos y ranas y otros animalillos e insectos. Hay una gran cantidad de sapos de tamaño descomunal de ojos saltones, como de quince o veinte centímetros, parecidos a la rana toro, y ranicuelas color verde de muchos tonos.
Si bien el costo económico de la estancia aquí es pequeño, un precio hay que pagar por disfrutar este pequeño trozo de paraíso: los mosquitos y su incesante presencia por toda la anatomía humana.
Creo que es jején, pero sea esta o no, la comezón que deja la visita de esta minúscula especie es terrible. Hay que cubrirse todo el cuerpo de repelente y aún así, nadie le asegura salir indemne de este singular y privilegiado recreo serrano. Todo en la vida tiene un costo, y la verdad este es mínimo comparado con el placer desbordante que ofrece el paisaje.
Con una lancha de remos operada con un solo remero y todos rigurosamente provistos de chalecos salvavidas, visitamos la cascada del lugar, parte de los atractivos obligados. En realidad, el lago es un área que corresponde a la Presa de Mazatepec (‘El Cerro del Venado’, mazates les llaman a los venados pequeños). Se puede pescar, abunda la trucha y mojarra.
En la segunda mitad del año se agrega al lugar otro atractivo más: los paseos nocturnos para admirar las luciérnagas. Dicen los lancheros que esta especie de miríada natural es un espectáculo singular en los recovecos de la zona lacustre.
Los campesinos todo el tiempo están atentos a los paseantes, pero aparte, hay que anotar algo de manera subrayada: todo el tiempo, unas tres veces al día, una patrulla de la policía municipal de Tlatlauquitepec y otra de la división turística estatal, recorren la zona para tranquilidad de los visitantes.
El disfrute de días y noches, paisaje y paz en medio de este rincón selvático es sencillamente inolvidable.
Pero el retorno todavía dejaría un par de huellas excelentes en el rincón de los recuerdos. A unos cuarenta minutos de Tlatlauquitepec está la cascada de Puxtla. Un breve tramo de terracería y una bajada sobre veredas pronunciadas llenas de vegetación, deparan otra maravilla de la naturaleza: una hermosísima cascada de unos doscientos metros de altura, la caída sobre una cueva y una frescura intensa en medio de una cortina de finísimas gotas como de rocío que compensan con creces el intrincado descenso.
Como remate de toda la jornada, las carnes ahumadas del Café Colonial de Tlatlauqui, un delicioso broche de oro a este imborrable recreo por nuestra sierra poblana.