El mito de Narciso suele recordarse como una advertencia contra la vanidad. Pero leído con atención, cuenta algo más hondo: la tragedia de dos incapacidades humanas.
La de quien no puede amar a nadie más que a sí mismo.
Y la de quien insiste en amar donde no hay correspondencia.
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En la tradición griega, Narciso, joven de extraordinaria belleza que vive despreciando a quienes lo desean, incapaz de reciprocar, hace que su belleza no sea un don, sino un muro.
La versión que introduce a Eco, es la narrada por Ovidio en su obra Metamorfosis. Eco, ninfa del bosque con una extraordinaria habilidad para hablar, es castigada por la diosa Hera a repetir únicamente las últimas palabras que escucha, porque con su lengua demasiado inquieta, la distrae en largas conversaciones, mientras Zeus, su esposo, persigue a otras ninfas.
Cuando Eco se enamora de Narciso queda atrapada en una paradoja cruel: sólo puede devolverle su propia voz.
Eco ama.
Narciso se contempla.
Ella lo sigue.
Él se mira.
La historia termina como terminan muchas tragedias: sin encuentro.
Narciso se consume frente a su reflejo, incapaz de mirar al otro.
Eco se desvanece hasta convertirse en una voz sin cuerpo, condenada a repetir palabras que nunca fueron para ella.
Ambos pagan su falta:
Narciso por amarse demasiado.
Eco por insistir demasiado.
El mito no es una crítica al narcisismo. La advertencia es otra: más destructivo que el amor propio desmedido, es la obstinación de amar a quien ya ha dejado claro que no ama.
Por eso el mito sigue vigente.
No porque existan Narcisos.
Sino porque siempre, siempre, siempre,
Hay alguien dispuesto a convertirse en Eco.
Y desaparecer repitiendo palabras que nunca fueron de amor.
alefonse@hotmail.com