Durante décadas nos acostumbramos a pensar que los derechos conquistados por las mujeres eran un camino sin retorno. Que, una vez alcanzados el derecho a estudiar, a votar, a decidir sobre nuestros cuerpos, a vivir libres de violencia o a participar en la vida pública, nadie podría quitárnoslos. La realidad está demostrando lo contrario.
Los derechos humanos no son permanentes. No son un patrimonio que se hereda automáticamente de una generación a otra. Son conquistas sociales y políticas que requieren instituciones sólidas, ciudadanía vigilante y una defensa constante. Cuando alguna de esas piezas falla, los derechos comienzan a erosionarse, casi siempre de manera gradual, hasta que un día descubrimos que aquello que parecía impensable se ha convertido en la nueva normalidad.
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El caso más dramático es Afganistán. Desde el regreso del régimen talibán en 2021, las mujeres han perdido, prácticamente, el derecho a existir en el espacio público. Hoy las niñas no pueden continuar sus estudios de secundaria ni acceder a la universidad; miles de mujeres tienen prohibido trabajar en diversos sectores, participar en la vida política o desplazarse libremente sin restricciones. La propia ONU ha calificado esta situación como la crisis más grave de derechos de las mujeres en el mundo. Pero no hace falta mirar únicamente hacia un régimen extremista. Argentina, un país que durante años fue referente en políticas de igualdad, atraviesa un proceso de desmantelamiento institucional en materia de derechos de las mujeres. Diversos organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos han documentado la eliminación de instituciones especializadas en violencia de género, severos recortes presupuestales a programas de protección, y la desaparición o reducción de políticas específicas para prevenir y atender la violencia contra las mujeres. No significa que las mujeres argentinas hayan perdido todos sus derechos, pero sí, que las políticas públicas que los hacían efectivos están siendo debilitadas; porque un derecho sin instituciones que lo garanticen termina convirtiéndose en una promesa vacía.
Estados Unidos ofrece otra lección. En 2022, la suprema corte revocó el precedente conocido como Roe v. Wade, eliminando la protección constitucional federal al derecho al aborto. Desde entonces, numerosos estados han impuesto prohibiciones o restricciones severas, generando un mapa profundamente desigual donde el acceso a un derecho depende del lugar donde una mujer vive.
Los tres casos son distintos, pero comparten una enseñanza: los retrocesos rara vez llegan de golpe. Comienzan cuestionando instituciones, deslegitimando políticas públicas, reduciendo presupuestos, desacreditando el feminismo, relativizando la violencia o presentando la igualdad como un privilegio indebido.
La historia demuestra que ningún derecho está garantizado para siempre.
Por eso resulta preocupante escuchar discursos que presentan la agenda de igualdad como un exceso o una moda pasajera. Porque detrás de esas narrativas suelen venir decisiones políticas que reducen presupuestos, eliminan programas o debilitan mecanismos de protección. Los derechos no desaparecen únicamente cuando una ley se deroga; también se pierden cuando dejan de poder ejercerse en la práctica.
En México hemos construido avances importantes; la paridad política, el reconocimiento constitucional de la igualdad sustantiva, el fortalecimiento de los mecanismos para prevenir la violencia contra las mujeres y la ampliación de diversos derechos. Sin embargo, pensar que esas conquistas son irreversibles sería un error histórico.
Cada generación tiene la responsabilidad de defender lo que recibió y ampliar los derechos para quienes vienen detrás.
Las mujeres no heredamos nuestras libertades como quien recibe una propiedad familiar. Las heredamos porque otras antes las conquistaron enfrentando resistencias, discriminación e incluso persecución. Y si dejamos de defenderlas, la historia demuestra que también podemos perderlas. Los derechos de las mujeres no son una meta alcanzada. Son una construcción permanente. Y precisamente por eso, nunca podemos bajar la guardia.