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Sociedad
El 14 de septiembre de 1968, cuatro personas fueron asesinadas por una turba, presuntamente por culpa de un sacerdote
A 45 años del linchamiento de dos vecinos y dos estudiantes de la BUAP, San Miguel Canoa trata de olvidar ese hecho, sin embargo, en cada rincón, sobre todo de su iglesia, está enquistado ese recuerdo.
El 14 de septiembre de 1968, empleados de la entonces Universidad Autónoma de Puebla (UAP), Ramón Calvario Gutiérrez, Miguel Flores Cruz, Julián Gonzlez Báez, Jesúss Carrillo Sánchez y Roberto Rojano Aguirre, salieron rumbo a La Malinche y tuvieron que quedarse en este pueblo, debido a un aguacero.
Trataron de conseguir morada en la Presidencia y en el templo, pero se las negaron. En una tienda, Odilón García García les propuso quedarse con su hermano Lucas. Para entonces, el rumor sobre que eran comunistas, había sido propagado por el sacerdote Enrique Meza Pérez.
Los jóvenes entraron a la casa 9 de la calle Benito Juárez y minutos después empezaron a sonar las campanas del templo. Cuando empezaban a cenar, una turba con pistolas, machetes, palos y piedras llegó a la vivienda. Lucas abrió la puerta y un golpe de pala en el cuello cortó su vida. Jesús y Ramón también fueron asesinados.
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Al ver tendido a su esposo, Tomasa tomó a sus tres hijos y huyó. La gente con antorchas en mano, ató y arrastró a Julián, Miguel, Roberto y Odilón, quien pereció de un disparo a quemarropa en la cara. Julián recibió un machetazo en su mano izquierda que le amputó cuatro dedos. Roberto y él fueron abandonados en la calle. Perdieron el sentido. Creyeron que estaban muertos. Miguel casi muere; pero llegaron soldados y policías, evitaron el crimen y rescataron a los sobrevivientes.
Para entonces, Alberta Guadalupe García Arce tenía sólo siete meses de edad. No recuerda nada. Sin embargo, a casi un lustro de distancia, no ha olvidado ni uno solo de los 17 nombres de los asesinos de su padre, esos nombres que le enlistaba su madre cada vez que el pulque le hacia recordar.
La mujer de 45 años recuerda que cuando tenía 15 años, la película Canoa de Felipe Cazals fue exhibida en la comunidad, en una vivienda. El lugar estaba lleno. Su prometido, la llevó. Cuando empezaron el linchamiento entró en crisis. Nadie sabía que era la hija de
Lucas. La proyección quedó trunca. Después de casi 30 años, hace unos meses compró un DVD pirata y terminó de ver la producción. Sin remedio, volvió a sentir sed de venganza; pero, igual que en otras ocasiones, dejó el futuro a Dios.
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Alberto vive en Canoa, a dos calles del templo dedicado a San Miguel Arcángel. Es la única de los tres hermanos que vivieron la tragedia, que regresó a Canoa, en cuyo panteón descansa su padre, a quien le irá a dejar flores este sábado.
En tanto, cerca de esta casa de la privada Emiliano Zapata, la iglesia con dos torres de tres niveles, flamea una bandera mexicana. En su interior, una placa de mármol destaca por su inscripción dedicada al sacerdote Enrique Meza Pérez y fechada en 1969.
"Gratitud del pueblo de Canoa. La Divina Providencia nos trajo al sacerdote don Enrique Meza P. el 17 de agosto de 1961. Gracias, mil veces gracias a Dios (...)
Y no sólo subraya eso, también establece:
"Con la venia del Señor, su celo sacerdotal, bondad, generosidad y sencillez que le caracterizan, ha sido siempre grande y supo conquistar muy pronto al rico para ayudar al pobre, al letrado para enseñar al ignorante. Su lema: unión, pureza, fuerza, progreso, felicidad".
El remate deja en claro el punto de vista del pueblo o, al menos, de los mayordomos:
"Este sacerdote conoció, sintió y convivió con nuestra miseria y supo remediarla. Nos dio carretera, luz, agua potable, casa cural, colegio de artes y oficio. Las espinas de la ingratitud, calumnia, mentira y traición siempre perdonó".
A 45 años de distancia, el linchamiento en Canoa no ha sido olvidado, aunque la gente de este pueblo trata de borrarlo con el olvido.