El juego era simple, disfrazarse para llegar a las fiestas de los poderosos, allí habría alguna persona a la cual enamorar.
El disfraz: ropa prestada, de palabras ajenas, de viajes escuchados de amigos de los amigos de escuelas a las que nunca había asistido.
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A las jóvenes les parecía simpático, de mucho mundo.
Siempre en un carro prestado y algunas veces intercambiado entre los amigos, parecía entonces que era un joven magnate con ocho carros diferentes.
César por fin lo había logrado; admitido en un grupo político, gracias al futuro suegro sería concejal.
Engaño, sueños, ambición, malicia: el político perfecto.
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