Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Crónicas de un demonio

Y al final, Marilyn Manson sí cantó, y nadie se fue al infierno en San Luis Potosí

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Domingo, Agosto 17, 2025

El lunes 11 de agosto de 2025 la capital de San Luis Potosí amaneció como todos los días, posiblemente con un poco más de basura en las calles y algunas pintas de fanáticos que lejos de ser reprimidos dieron rienda suelta a sus desvaríos.

Marilyn Manson se presentó la noche anterior en la Feria Nacional Potosina (FENAPO) como si nada. Como si no hubiera habido cuarenta días de ayuno, ni plegarias comunitarias, ni amenazas de lluvia de azufre. Cantó, gritó, se desmaquilló a medias con el sudor. Y al terminar, el mundo siguió girando, aunque con menos escándalo del que algunos esperaban.

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No hubo incendios espontáneos. No cayó ninguna estatua de la Virgen. Nadie se arrancó los ojos al ver la portada del “Antichrist Superstar”. Lo más grave fue que algunos asistentes llegaron tarde por culpa del tráfico. La ciudad sobrevivió. Dios también.

Cuerpos en el slam, almas en oración

Mientras Manson cantaba "Sweet Dreams" bajo luces rojas y guitarras que chillaban como almas en pena, del otro lado de la ciudad, un grupo de fieles seguía rezando. Ayuno concluido, pero con espíritu combativo. Algunos se declararon decepcionados de la sociedad, como si no llevaran décadas rodeados de cumbias lascivas y gobernadores con cola más larga que la de Lucifer.

Afuera del recinto, un pequeño grupo levantaba pancartas: “¡Fuera Manson de San Luis!” gritaban, mientras dentro el público coreaba letras que hace veinte años escandalizaban y hoy suenan a nostalgia. La generación que quemaba discos ahora hace “lives” en Facebook desde la fila de tacos, cruzando los dedos para que su hijo no salga en el video bailando reguetón con cuernos de plástico.

El espectáculo como redención y aunque muchos esperaban una provocación mayor, Manson fue... profesional. Entregó su set, saludó a un par de fans, y se fue al hotel como cualquier artista que ya aprendió que lo verdaderamente diabólico son los contratos con cláusulas chiquitas. Lo irónico es que el único que no dio show fue el Diablo. Ni un temblor. Ni una víbora parlante. Ni una selfie con el gobernador. Nada.

Religión sin humor, rock sin escándalo, lo que quedó en claro es que las guerras morales de hoy se pelean con hashtags, no con lanzas ni antorchas. Que el ayuno espiritual puede ser sincero, sí, pero también es parte de ese folklore religioso que convive con la pizza familiar de los viernes. Y que el rock satánico de los noventa ahora suena en playlists de Uber o Didi mientras los conductores te preguntan si quieres aire o música más fuerte.

El saldo final: churros, selfies y un par de gritos liberadores. La noche terminó en paz. Unos regresaron a casa con una camiseta negra firmada por un roadie. Otros, con una biblia bajo el brazo y el estómago medio vacío. Todos, curiosamente, con algo parecido a la fe: unos en Dios, otros en el volumen.

Y así fue como Manson vino, cantó y se fue. Los santos siguen en sus nichos. Los baches, en sus lugares. Y los demonios... en los detalles.

Nos leemos en la próxima misa o el siguiente concierto.

¿O no lo cree usted?

 

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