Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Llanto de alas negras

El amor herido de una madre es el río que ahoga un amor herido

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Viernes, Octubre 31, 2025

Tras los días húmedos y tempestad que azotó a Puebla durante el mes de octubre, la neblina se arrastraba por las calles de Santo Tomás Chautla, aliento de fantasma, un velo de seda empapado en rocío, colándose entre las puertas y trepando por los muros de adobe, los mismos que aún guardan un poco de calor del día.

Era una noche de octubre, oscura, la uña de plata en cuarto creciente un tercio iluminada, apenas un recuerdo de aquella super luna del día siete. El viento del Popocatépetl bajaba frío y cortante, llevando consigo el aroma de los oyameles y la tierra húmeda.

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Mary Cruz, con su delantal y sus uñas manchadas de harina y el cabello recogido en un moño deshecho, había discutido nuevamente con el padre de su segundo hijo de apenas un año de edad. El hombre que prometió amor eterno y que la acogió con el primer crió que procreó siendo aún una niña de once años, tras la violación de una persona de “confianza”.

Las palabras del impostor ahora olían a perfume barato y a mentiras. "No te los llevarás", le gritó ella, mientras los niños dormían en la habitación contigua, sus respiraciones suaves como el susurro de las hojas de otoño en el río cercano.

Los pequeños jugaron esa tarde con una pelota desinflada en el patio empedrado. Ella los observó desde la ventana, sus ojos oscuros reflejaron los rayos de un sol que se perdía en el ocaso, manchando de oro los eternos vigilantes. La discusión estalló como una tormenta repentina: él quería irse, llevarse a los hijos para empezar de nuevo en otra parte, lejos de su "locura" y los celos de Mary Cruz, que, a sus dos décadas de vida, ya sabía de hombres e infortunios.

Nuevamente la joven madre con su amor herido lo transformó en el río que ahoga, con esa piedra en el pecho y el llanto en un vaso a punto de desbordarse. Tomó el cuchillo de la cocina cuando el hombre abandonó el departamento. El metal brilló bajo la tenue luz que traspasó las ramas olorosas de los guardianes silenciosos.

En la mañana, tras la noche de gritos a la que ya estaban acostumbrados los vecinos del “Andador de los Peces”, en el departamento 401 de Edificio 16 todo era calma y fue hasta que sus familiares acudieron al hogar, para encontrarse una imagen imposible de tolerar, una escena que también quebró a los uniformados.

Mary Cruz se balanceaba suavemente, tras la incursión forzada. Ella había atado una sábana a la viga, la misma que la había arropado en el lecho. Nudo simple, nudo eterno. Se dejó ir, en aquella cuna invertida, la neblina la envolvió y la arrancó de la vida.

En sus camitas los pequeños Samantha y Leonel, se encontraron inertes, aún sus manitas aferradas a los juguetes. El silencio gritó desesperado en el vacío de vidas por un amor perdido.

Una semana después entre las calles de Chautla ya se escucha el suspiro, arrastra los pies y las piedras gimen “Ay…” -mientras el viento susurra- “mis hijos”. También dicen que el diablo se disfraza de locura en un llanto de alas negras.

¿O no lo cree usted?

 

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