No empieza con golpes.
Empieza con un “sí”:
“Sí, padre.”
“Sí madre.”
“Sí, maestro.”
“Sí, jefe.”
“Sí, señor.”
“Sí, señora…”
La obediencia no se impone… se inocula.
Primero te enseñan que cuestionar es insolente.
Después te convencen de que obedecer es virtud.
Y cuando finalmente aprendes la lección, ya no necesitan vigilarte.
Tu consciencia domesticada, te observa.
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Nietzsche señaló: “La moral del rebaño convirtió la sumisión en bondad y la fuerza en pecado. No se trataba de hacer mejores a los hombres, sino de volverlos manejables”.
Por eso la sociedad teme al individuo que piensa por sí mismo y no al criminal: el criminal sólo rompe la ley; el pensador la cuestiona, lo que es infinitamente más peligroso. El rebaño necesita tranquilidad; los espíritus libres producen terremotos.
La obediencia es el lubricante perfecto del poder; por ella funcionan imperios, burocracias y las máquinas de exterminio que no se sostienen por genios malvados, sino por personas normales que obedecen.
En 1961, al observar a Adolf Eichmann, alto funcionario de la Gestapo nazi, pieza clave en la logística del traslado de millones de judíos hacia los campos de exterminio, juzgado en Jerusalén por quince cargos, incluidos crímenes contra el pueblo judío y crímenes de lesa humanidad, la periodista Hannah Arendt, filósofa alemana de origen judío, esperaba encontrar a un monstruo sádico o a un fanático ideológico.
En su lugar, percibió a un funcionario burocrático, común y corriente, cuya principal motivación era "hacer su trabajo y ascender profesionalmente”. Ahí descubrió: la vanalidad del mal, con la que describe cómo un burócrata puede cometer actos atroces.
Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, concluyó al respecto, que “el mal no siempre proviene de monstruos, sino de personas mediocres que obedecen órdenes y acatan leyes sin reflexionar sobre sus consecuencias”. Eichmann, en el juicio, demostró una incapacidad absoluta para pensar críticamente por sí mismo, se limitó a usar clichés y frases hechas, lo que exhibió su ausencia total de pensamiento.
Hannah Arendt retrató a uno de los organizadores del Holocausto como “un ser espantosamente normal”. Eichmann era un hombre perfectamente obediente: no necesitaba odio ni crueldad, sólo obedecer.
El Holocausto no fue sólo obra de líderes fanáticos, sino de una burocracia eficiente donde la obediencia ciega y la irreflexión sentó un precedente sobre la responsabilidad penal individual en crímenes internacionales, y que, en conjunto, permitieron que el genocidio se convirtiera en una rutina administrativa, con un funcionamiento burocrático lubricado con mantequilla.
Por eso la historia está llena de atrocidades cometidas por personas respetables, trabajadores ejemplares, ciudadanos correctos: gente que obedece.
Mientras tanto, los que cambian el mundo suelen ser llamados locos, peligrosos o inmorales y, excéntricos. Porque toda creación exige una traición: traicionar la costumbre, traicionar la autoridad, traicionar la moral heredada.
El que obedece, se adapta.
El que piensa, desestabiliza.
Y la sociedad siempre preferirá el orden a la verdad. Tal vez por eso la siguiente frase les resulte insoportable: “La enfermedad más grave, no es la ignorancia, no es la violencia, no es la locura: es la obediencia…”
Porque el día que un ser humano deja de cuestionar, el poder ya no necesita cadenas: el rebaño camina solo hacia el vacío… al matadero.
alefonse@hotmail.com
Referencias
“Eichmann in Jerusalem” (1963) Hanna Arenth. Ed. Viking Penguin. “Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal”, (1999) Hanna Arenth, México Ed. DEBOLSILLO. Traductor Carlos Ribalta.