Martes, 9 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¡Bienvenidos a Puebla! Una ciudad capacitista

Una ciudad que discrimina, es una ciudad anclada al pasado, muy bonita, pero capacitista

Juan Daniel Flores

Padre cuidador, demandante de derechos para infancias y personas en situación de discapacidad. Autor en medios socioculturales de comunicación desde 2014. Creador de espacios radiofónicos, columnas, y del proyecto anticapacitista La gota y la piedra. Estudió Sociología (UAP), Literacidad (ITESM), Educación inclusiva en (UCL) y Pedagogía (UPAEP).

 
 
 
 

Viernes, Febrero 27, 2026

En la Alemania nazi (1933-1945), la Ley para la Prevención de la Progenie Defectuosa, obligaba la esterilización de personas con discapacidad mental, física o sensorial, esquizofrenia, trastorno bipolar, epilepsia, alcoholismo y enfermedad de Huntington (1).

Ni un siglo ha pasado desde que Harry Laughlin, sociólogo, educador y eugenista, recibía el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Heilderberg, Alemania.   Laughlin fue el inspirador de esa ley. Era apenas el primer cuarto del siglo pasado.

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De esta manera, si el siglo XIX estuvo marcado por el colonialismo dominante en África y Asia, además de las ideas del evolucionismo social y el imperialismo estadounidense en América (Doctrina Monroe y Destino manifiesto).

El siglo XX iba a estar marcado por la guerra, por los primeros efectos devastadores de la industrialización en el medio ambiente y el campo (urbanización), y por supuesto, por la terrible ideología de la supremacía racial, y con ello, la eliminación de todo rasgo de “debilidad” o imperfección de la pureza racial que se abanderaba.

La práctica de la eugenesia, aunque eliminada al final de la segunda Guerra Mundial, no elimino el flagelo del racismo, la segregación y sobre todo la superioridad de unos por encima de otros.

Todo aquello que existe fuera de esa “normalidad” física o moral es desechable, inútil, segregado y es el cuerpo el primer blanco de ese gran discurso de la normalidad.

De tal manera que desde las concepciones de la historia antigua, pasando por toda la maquinaria de limpieza racial hasta nuestros días, se establecen modelos, parámetros o arquetipos de belleza o capacidad física, vinculada directamente a patrones concretos que dicta el mercado (moda-consumo), acerca de cómo debe entenderse el trabajo, la educación, la sexualidad, la diversión, y en esta idea a desarrollar,  lo que debe ser un cuerpo normal-sano.

El caso del sociólogo Eduardo D.  Joly,  llama fuertemente mi atención en este panorama histórico que excluye cuerpos que no son normales o útiles para esta lógica de lo “útil”, de lo perfecto. El cuerpo de este hombre atraviesa todos los días por una discapacidad a causa de un accidente. Él tiene que usar diversos aparatos para su movilidad. Sin embargo, confronta el término de discapacidad de la siguiente manera:

Por una parte, está mi limitación física, la observable en mi cuerpo o en mi andar, y por otra, los obstáculos que me imponen el entorno físico construido según convenciones sociales.

Y es justamente ahí donde se me hace presente a mí y a ustedes la discapacidad: en aquello a lo que no puedo acceder, de lo que quedó excluido, y no por decisión propia ni por acción consciente de nadie en particular, sino seguramente por la ignorancia, el incumplimiento de leyes, o la fuerza de la costumbre, por el peso de lo habitual, de lo ideológicamente establecido y plasmado en la manera de diseñar y construir el espacio. (2).

Las diferentes formas de lo que desde hace muchos años se ha llamado discapacidad, sea  temporal o permanente, se sitúan por tanto en la experiencia de lo externo, de lo que esta fuera del cuerpo, en la vivencia del hogar y sus menesteres, en la calle, en las miradas, en las convenciones sociales, en la dinámica de la vida donde se pudiera esperar  equidad  y esta no se hace presente.

La construcción social de la discapacidad de la que habla Joly, también se nutre de la fragmentación y el individualismo social, desde donde los más cercanos familiares o conocidos, generalmente ven esta realidad como un problema individual y no como una situación con posibilidades de alcances colectivos.

Las personas en situación de diversidad funcional, sobre todo niños, comparten de alguna manera el sentir y la experiencia de vida de muchos grupos históricamente desfavorecidos: la negritud, comunidad LGBTIQ+, indígenas, personas en situación de calle, entre otros.
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México no es la excepción en el camino pedregoso que significa la defensa de los derechos. En las Instituciones tanto de salud como educativas, se sigue brindando un trato marginal y excluyente a personas e infancias con una corporeidad fuera de la hegemónica normalidad, a pesar de que existe legislación nacional e internacional que combate de manera concreta el capacitismo y la discriminación.

En Puebla, la cuatro veces heroica, la de los chiles en Nogada, la de las universidades de prestigio y tradición, la de los barrios antiguos, la de los templos y casas coloniales, la que próximamente inaugurara el Centro de Bienestar Animal, es una ciudad capacitista, sobradamente elitista y excluyente.

En tiempos de la 4T, los funcionarios armentistas, dicen o escriben frases como: “Siempre será una opción irse a la primera”, puesta en un letrero de la puerta de un preescolar oficial de la ciudad, frase dedicada a los padres de un menor en situación de discapacidad.

O también las palabras dichas a un padre cuidador, por parte de un director de escuela primaria oficial, la Alfredo V. Bonfil, cuando el primero le pregunta acerca de los avances de las rampas para la accesibilidad de su menor hijo y de otros, a lo que el funcionario responde: “Si usted no tuviera un hijo así…”.

También, lo que me contó una señora hace un par de años, cuando en el gobierno de Salomón Céspedes, estando a bordo del camión que el DIF Puebla, proporcionaba para trasladarse del CRIT Puebla a la México 68, el chofer la invitó a bajarse del camión porque ya no tenía gasolina para ir hasta allá. La bajó del transporte 2 km antes de la bajada con su hijo con limitación motriz, con el peso que representa él, su mochila y su vida.      

Pero a esta ciudad el capacitismo llegó para quedarse entre moteles, campanas y camotes de Santa Clara. Solo al llegar a la CAPU, central de autobuses de la cuarta ciudad más importante de México, fundada en 1988, a uno le recibe una rampa que a la letra dice “Rampa para discapacitados”.

Puebla es una ciudad que si bien no odia a las personas con discapacidad, sí los reduce, los excluye, los estigmatiza, los ignora, los segrega, los etiqueta, los copta, les usa para salir en la foto de la diputada, les regala sillas o bastones para la ceremonia del evento y para cumplir con el apoyo. Acá en Puebla, siempre hay quien quiera llevar agua para su molino, quien quiera servirse de las demandas sociales para armar un movimiento a favor de, pero con miras personales o de partido.

Aquí, el CREE, el CRIT, el CEMERI y todos ellos servicios gubernamentales están en las periferias. Todos ellos lejos de la ciudad, donde no se vean, allá donde no pueda incomodar la anormalidad, la hegemónica normalidad.

No estamos en la ordenada y exitosa Alemania nazi, pero estamos viviendo una trasformación histórica jamás vista en México, según los corifeos de la reivindicación nacional. Sin embargo esa transformación real no llega a las personas en situación de discapacidad ni a sus cuidadores con la monserga que significa ir a formarse porque soy  discapacitado para cobrar tres mil trecientos pesos bimestrales.

La Puebla de las grandes universidades y los centros comerciales, la Puebla clasista y del mole, la Puebla de Zaragoza y los Serdán, la del Instituto de Derechos allá en San Andrés, que dice que no le competen los derechos de personas con discapacidad, o la super universidad progres en San Manuel que no tiene elevador o rampa que sirva en el edificio de Posgrado de Derecho. Todas ellas muy bonitas, pero sin perspectiva de derechos para personas en situación de discapacidad.

Todo esto también es Puebla, la ciudad donde el capacitismo es un cuadro colgado en el Mural poblano, donde sólo se da cuenta de la excelencia, el refinamiento, el éxito, la fama, la tradición y la exquisitez de una cultura tan religiosa y gastronómica como selectiva. La tradición de una ciudad, de un Estado perfecto, refinado y sin una mancha de impureza social, racial y económica.

Referencias
1. Escalante y Martínez, Recorrido histórico de la inclusión de las personas con discapacidad y el derecho fundamental a la Educación Nivel Superior, Instituto de Investigaciones Parlamentarias, Congreso del Estado de Sinaloa, año 1, número 2, ISSN en trámite, Junio-Diciembre 2017, p. 97.  
2. Joly E., Capacidades y Diferencias, Ponencia presentada en Seminario Interdisciplinario: Universidad Nacional de La Plata., 24 de octubre de 2002.  

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