Alguna vez en la universidad -ese glorioso centro destinado para unos cuántos-, platicaba con Ramón Peña Melche (+). Llegamos a la conclusión de que el peso de la ideología es aplastante; que determina el desarrollo histórico y el pensamiento social de una sociedad como la nuestra.
Tanto vendes tanto vales; de que lloren en mi casa a que lloren en la tuya; haiga sido como haiga sido; querer es poder; madre solo hay una; el nueve es para el alumno, pero el diez es solo para el maestro; no hay mal que dure cien años…
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La ideología instruye, adiestra, aliena, educa en nuestras antiguas o nuevas escuelas mexicanas, particulares u oficiales, en las religiones dominantes, en los medios de comunicación. Una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida intelectual y colectiva (1). La ideología que va formando individuos a modo.
En este sentido, la mentalidad hegemónica capacitista impera en prácticamente todas las estructuras sociales, mirando a una persona o infancia con discapacidad como un ser destinado a la desgracia o a la beneficencia pública.
Recordemos que como sucede con el racismo, el sexismo y el edadismo, el ‘capacitismo’ suele describirse como el sistema de creencias que origina las actitudes negativas, los estereotipos y el estigma que restan valor a las personas con discapacidad basándose en sus deficiencias reales o subjetivas. El capacitismo considera que las personas con discapacidad merecen menos respeto y consideración, son menos capaces de contribuir y participar, y tienen un valor inherente inferior al de las demás personas (2).
La ideología reinante en las calles, en los centros de consumo, en las colonias, el ciudadano pipope se pregunta con todo y su playera del Puebla y papas locas en mano, ¿cómo por qué tendría que interesarme el otro, la otra, menos aún si está discapacitado o discapacitada? ¿Qué me pueden dar? ¿Qué me pueden ofrecer? ¿Qué aportan estos si son mercancía dañada en medio del buen ritmo que lleva la alegre cotidianidad?
La marca de “mercancía dañada” no la he creado yo a modo de ficción. Por el contrario, está determinada por el sistema neoliberal encargado de mercantilizar nuestros cuerpos, emociones, la propia imaginación e instalar como lógica la fantasía colonial-capacitista de poseer todos -como sujeto universal-, naturalmente una integralidad corporal obligatoria; es decir, existe un cuerpo normal-promedio-estándar y capacidades indispensables para obtener la “humanidad” o poder ser educado. (3)
En el universo de la diversidad funcional, los temas son varios: Los derechos, la inaccesibilidad que limita la movilidad en una ciudad imparable como esta, el capacitismo a flor de piel en las instituciones, las infancias en situación de discapacidad que en el mejor de los casos son segregadas a los CAM, la exclusión laboral de que son víctimas las personas con discapacidad (PCD).
En estos escenarios de exclusión capacitista hay que hablar del descuido total y absoluto de los cuidadores por parte de las políticas públicas, respecto a crear políticas públicas no asistencialistas, donde el Estado deja que las familias se hagan cargo del cuidado, no se consideran los costos adicionales que para los particulares implica cuidar a una persona con discapacidad, los gastos se triplican porque se generan los de bolsillo o directos que deben erogarse por visitas médicas, rehabilitación, etcétera, así como indirectos, porque por lo general un integrante de la familia debe dejar de trabajar para dedicarse a la atención de las personas con discapacidad. (4).
Sumado a este abandono del Estado, para la ideología imperante, la dis-capacidad es un tema que no va a tono con el narcisismo de miles de ciudadanos en una ciudad como esta, copada de templos católicos, cobro de piso en los mercados populares, moteles, baches y de una mentalidad hegemónica capacitista.
Por ejemplo, hace un mes, poco después de que el señor Gerardo Macías, director de una escuela primaria oficial, le espetara a un padre de familia que “…usted no estaría con este tema de la defensa de los derechos de PCD si su hijo no fuera así”, una compañera periodista me preguntaba acerca de este tema: ¿Por qué cree que un director de primaria se exprese así?
Yo respondía que es un tema que tiene que ver con ser sensible, con el sentido de otredad castrado en la modernidad, con el amor. Sí, aunque suene ingenuo. Tiene que ver con el nivel de sensibilidad que uno tiene, tiene que ver con el amor. Sin amor no nos importa el otro, sin amor no hay cuidados de nada. Sin amor no se denuncia la opacidad, la corrupción, la holgazanería en que funcionarios del Estado “viven”, accionan u omiten respecto a las personas cuidadoras o con situación de discapacidad.
Sin el cuidado esencial, la unión del amor no tiene lugar, no se conserva, no se extiende, ni permite la comunicación entre seres. Sin el cuidado no existe un ambiente propicio para el florecimiento de aquello que humaniza verdaderamente: el sentimiento profundo, las ganas de compartir y la búsqueda del amor. (5)
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Sin generalizar, mucho personal médico y de educación, incluso gente que se dedica a la educación especial, pienso que ven a las personas o niños o jóvenes en situación de discapacidad en una de estas tres dimensiones exentas de amor y abarrotadas de indiferencia:
Como entes-objeto. Esto es, la mirada de estos profesionistas es una mirada normocentrista. Miran y atienden a las infancias como organismos, clientes, alumnos especiales o pacientes que deben ser rehabilitados. Organismos dañados, incompletos o deformes que están allí como diferentes a todo el bloque de millones que representa la normalidad.
Los entes objeto están ahí, en las escuelas, en los hospitales, en los centros de rehabilitación, en los programas del bienestar, para ser atendidos, rehabilitados. Los entes-objeto no aportan y si llegan a consumir recursos, medicamentos y son un fastidio a la hora de que sus cuidadores o cuidadoras demandan los mentados ajustes razonables. No son personas, son seres fuera de la normalidad.
Segundo, para el común de funcionarios, su ejercicio laboral es alimentado por el machismo, capacitismo y el racismo, las infancias en situación de diversidad funcional son personajes débiles y anormales, que se escaparon de algún capítulo de drama televisivo.
Por último, el mismo funcionario director que menciono párrafos arriba, cada que hay una ceremonia escolar, se llena la boca para decir que su escuela es una escuela inclusiva. Las PCD son solo un elemento de discurso. Al fin, el puesto de este funcionario está patrocinado por el Estado y protegido por el sindicato de maestros.
Frente a las personas en situación de discapacidad, especialmente las infancias en diversidad funcional, la ideología dominante en este funcionario, y en otros y otras educados en la Normal y en lo normal, es como dicen algunos gringos antes las protestas sociales: ¡Fuck you! I fine.
Referencias
1.Gramsci, Antonio, “Antología”, Selección de Manuel Sacristán, Siglo XXI Editores, México, p. 369.
2.ACNUDH, “La toma de conciencia a tenor del artículo 8 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad” (2019).
3.Villa, Paola. Rojo, el niño ineducable para la escuela poblana. e-consulta, octubre 27, 2023.
4.Lugo, María Guadalupe. Cuidar de las personas con discapacidad requiere la asistencia del Estado. Gaceta de la UNAM, julio 29, 2024.
5.Boff, Leonardo, “Ética de lo humano, compasión por la tierra”, Edit. Trotta, 2002, Pág.189.